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Jueves , 25.04.2019 / 17:07 Hoy

Elitismo para todos

Estas rabias que lees

Fernando Solana Olivares

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Para Octavio González

¿Por qué la carta de López Obrador al rey de España ha generado una avalancha así de enfurecimientos, descalificaciones y epítetos, faltas de respeto e insultos? La lista de ofendidos-ofensores es estrepitosa y en sus muestras tomadas al azar hay de todo; por ejemplo, desde el majadero y mercadológico autor plagiario Pérez-Reverte hasta el patético marqués de Vargas Llosa, convertido en una afectada, reaccionaria conciencia moral de derecha, y ahora aupado al jet set.

Si las cosas esconden otras cosas, como siempre ha de ocurrir, tal estrépito forma parte de algo más amplio, más radical. Unos críticos ocultan sus verdaderos enconos políticos y económicos, otros sus transferencias personales —López Obrador provoca una poderosa identidad negativa—, pero comparten una falacia lógica: el pasado no puede ser calificado y juzgado según conceptos o categorías del presente. La conclusión de tal falso silogismo es que el pasado no está sujeto a crítica cultural, moral o espiritual alguna.

Este contextualismo posmoderno (todo depende del contexto donde y cuando ocurre el fenómeno) normaliza la violencia.

La Conquista fue un genocidio, un acto de crueldad e invasión que suprimió sangrientamente toda una civilización compuesta de pueblos diversos, destruyó sus instituciones políticas, quemó su memoria, demolió sus templos, volvió demonios a sus dioses, erradicó sus lenguas, diezmó con epidemias, esclavizó a las gentes, antes divididas y enfrentadas al siniestro imperio azteca.

A cambio de ello, de una explotación sin contemplaciones y del dominio de la espada, se impuso una lengua, una fe y un proceso histórico. Una teología violenta y uniforme que discutió —sin llegar nunca a resolverlo, pues murió el monarca que llamó a ello— si los indios eran seres de razón o no. La voraz explotación de América y sus habitantes considerados como naturaleza externa por España y Europa, argumentando una razón histórica y poniendo en práctica la filosofía de la victoria (si ganó es que debía hacerlo), resulta un hecho objetivo, se vea como se quiera ver.

Un tonto y grosero académico español, Ángel Rivero, increpa y exige a López Obrador una actitud como la que él dice tiene su nación con los romanos, feroces conquistadores a quienes sin embargo agradecen la ocupación. Tal vez porque los romanos al vencer proveían al pueblo conquistado de instituciones y leyes que lo integraban al nuevo sistema. Llevaban a los dioses derrotados hasta un templo construido en la Vía Apia a la entrada de Roma para permitir su culto. Educaban a las élites de los pueblos conquistados y los romanizaban.

Nada de eso propiamente hizo el expoliador imperio español con las colonias, cuya riqueza robada dio lugar al desarrollo capitalista y al primer mundo europeo. La sobrevivencia de los indios ocurrió gracias al mestizaje y dejó una honda huella en la idiosincrasia mexicana (complejos, dirán los psicoanalistas) pues fue una operación riesgosa y violenta, dirigida no por Cortés, el padre terrible, sino por Malitzin, la traductora, la madre chingada, según la estereotipada idea que Paz tomó de Salazar Mallén. Fue lo contrario: no el falo como progenitor sino la vulva que lo envuelve y exprime.

Por lo demás, López Obrador comete errores en su incesante actividad. Parece necesitar temas, tópicos y hasta ocurrencias diarias, pero como no hay movimiento perpetuo ni acción política que siempre acierte, los debrayes del líder surgen aquí y allá. Ninguno hasta hoy parece determinante o muy grave, salvo quizá la cancelación del aeropuerto para efectos económicos que puedan convertirse en socialmente descolocantes, manipulados por el sistema financiero para inducir una recesión que lo haga capitular.

La malhadada carta al rey español no se cuenta entre esos yerros de cuenta larga. Y lo que puso en curso: un cerco de denostación y escándalo, entre fariseo, seudo moralizante y generalizador, fue pretexto para un clima de encono distinto, más cercano al tratamiento, con medios actuales, que la prensa de su época infligió a Madero, soportado ideológica y financieramente por la conquista española actual; o a los descréditos orquestados contra el allendismo para imponer la doctrina del shock; o a los constantes embates contra variantes, ni siquiera muy radicales, del pensamiento único, del guión neoliberal.

Los perdones se vuelven abstractos porque todos tienen que pedir perdón. Solo son gestos retóricos, hechos para persuadir. Lo estridente nunca es sustancioso, siempre carga con un desfiguramiento, según Freud; es decir, con la impronta de algo que quedó oculto. De ahí que el problema no sea el crimen sino la huella que se deja detrás de él. La rabia parece una cortina de algo que viene. Ahí está Don Goyo, el volcán activo que hace cinco siglos igual se manifestó.

La decisión electoral fue votar por ver. El fin del mal gobierno de la inepta oligarquía política anterior liberaría energías, líneas de fuerza en construcción. El México que aceptó crucificarse a sí mismo se mueve. ¿A dónde? Eso es otra cuestión.

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