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Martes , 19.03.2019 / 21:50 Hoy

Elitismo para todos

Días crispados /y II

Fernando Solana Olivares

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Lo pienso una y otra vez; considero de nuevo los fundados argumentos de sus críticos honestos y pensantes —no me interesan, por fariseos, los tajantes rechazos que despierta entre las buenas conciencias ni la histérica identidad negativa que provoca entre tantos—; trato de ser imparcial hacia los otros candidatos; me hago cargo de los riesgos y concluyo de nuevo que López Obrador me parece el menos malo de los tres posibles, ya que el cuarto es un triste payaso, un porro enviado a golpear.

Según cualquier idealismo liberal o cristiano, esta perspectiva representa una vía negativa para tomar una decisión crucial. Será necesario entonces aludir a los saldos negativos de López Obrador, a su defectuosidad evidente. Las alianzas, por ejemplo, este ecumenismo oportunista y pragmático que puede tener entre sus filas la radicalidad de Paco Ignacio Taibo II y la impresentabilidad de Napoleón Gómez Urrutia, la oscuridad de Manuel Bartlett y la capacidad de Claudia Sheinbaum, la corrupción de Elba Esther Gordillo y el apostolado de Alejandro Solalinde, la derecha neoliberal de Alfonso Romo y el desbordamiento plebeyo de la Sección 22, el punitivo-moralizante evangelismo y a un buen número de miembros de la inteligencia nacional en todas partes del país.

La razón táctica que sostiene este funcional y contradictorio horizonte de acuerdos —funcional porque está hecho para llegar a la presidencia y contradictorio, entre otras razones, por su obvia fragilidad a mediano plazo— es la construcción de un polo social y político suficientemente amplio y capaz de vencer la fuerza de los poderosos intereses oligárquicos formales, fácticos y geopolíticos organizados desde hace años en su contra. Esta voluntad abarcadora no se dio ni en 2006 ni en 2012, cuando el discurso lopezobradorista era mucho más excluyente y contrastante de lo que ahora es.

Una hipótesis sociológica mínima podría decir que tal reunión de contrastes y extremos es una forma de la reconstrucción política, así sea maltrecha, estrambótica, cuestionable, nacional. Y aun oscuramente mexicana, mezclada, mestiza. Duro cinismo: hay lo que hay, no lo que se desearía que hubiera. Las cribas, las recomposiciones y los eméticos para tantos oportunismos reunidos en Morena y tantas mezclas de agua con aceite serán solo una parte de los problemas que un eventual gobierno de López Obrador encarará. Mientras tanto, parece darse el acomodamiento de los peldaños necesarios para llegar al poder. Duro cinismo: no hay otro modo de lograrlo, según enseñan San Pablo, Maquiavelo o Sun Tzu.

Más negativos del señor López: una tendencia autoritaria —o para quienes emplean adjetivos estridentes: autocrática— que hace temer a varios su derivación en cancelaciones democráticas y en voluntarismos presidenciales, al modo de un echeverrismo tardío. Una tendencia a las ocurrencias y al asistencialismo populista. Es un modo de considerarlo, aunque en buena parte forzado porque observa la historia como si fuera un sistema mecánico de repetición.

Pero, aceptando sin conceder, ello podría obligar a otro proceso de transformación política, a un nuevo contrato social fundado en instituciones más sanas e independientes, parlamentos más democráticos y un Ejecutivo correctamente acotado por los poderes republicanos, entre juegos de fuerza políticos de un signo nuevo —aunque se hayan hecho en parte con lo viejo, única materia disponible para lograrlo.

La condición estructuralmente corrupta, desgastada e insalvable del Estado mexicano en los gobiernos del PRI, el PAN y el PRD es una evidencia tangible. También que el país en sus mayorías —que al serlo pueden ser llamadas pueblo— enfrenta dificultades, violencias, desigualdades, necesidades y carestías que aumentan, mientras la expoliación partidista y oligárquica de la minoría rapaz se empeña en mantener su extenuante dominio.

Conduzca a donde conduzca (¿cómo saberlo?), el 1 de julio se abrirá una puerta hacia alguna dirección. El peligro radica en que la puerta no se abra y una vez más gobiernen (Meade o Anaya, variantes no muy distintas de lo mismo) aquellos que han provocado los desastres sociales, las privatizaciones cleptocráticas, la violencia crónica, la captura del Estado y de su carácter republicano, su envilecimiento, su impúdico uso patrimonial. Lo advirtió un sabio: no puede resolverse ninguna problemática empleando el mismo sistema mental que la causó.

fmsolana@yahoo.com.mx

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