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Miércoles , 20.03.2019 / 06:41 Hoy

Elitismo para todos

Claroscuros tempranos

Fernando Solana Olivares

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La representación moral que se le concede sigue siendo su activo básico, también la naturalidad coloquial de su discurso —nada de lengua de madera mal repetida como antes sino pausas dramáticas calculadas, palabras intencionalmente mochas, dichos anti solemnes en mexicano cincuentero, y muchos conceptos simplificados y eficazmente comunicativos—, así como la visible sencillez de su comportamiento personal.

Antídotos todos estos para la mascarada esperpéntica (de esperpento, género teatral concebido por Valle Inclán al vivir en México) escenificada por los corrompidos gobiernos anteriores que dieron lugar al Estado criminalizado que ahora padecemos.

Dada la auto crucifixión nacional propiciada por ellos y sus asoladoras plagas como el narco, la violencia y la destructividad socio-económica neoliberal impuesta durante tres décadas a la manera de una extraña y silenciosa dictadura, era necesario que una opción moral (o entendida como tal) ganara las elecciones. Voto vindicativo, negativo o correctivo. La historia es pendular.

La prensa consigna ahora logros y errores de Andrés Manuel López Obrador, quien mantiene márgenes de popularidad inusualmente altos apenas a cien días de gobierno formales. Los teólogos del presidente celebran el advenimiento de la difusa, a veces contradictoria y muy voluntarista Cuarta Transformación —sea esto lo que sea—. Sus críticos y detractores la combaten sin tregua y la desacreditan con intensidad. El justo medio sigue siendo hasta ahora lo más sensato para valorar estos días vertiginosos y desiguales.

La psicología del personaje político descansa en una convicción trascendente, como un sentirse designado por algún llamado histórico, lo cual si bien es necesario para actuar estadista, también es democráticamente peligroso. De ahí que López Obrador parezca no escuchar a nadie, salvo a sí mismo representando a los demás y convenciéndolos o litigando con ellos sus propias razones.

En esa cuenta adversa de empecinamientos se abona la cancelación del NAIM, un mensaje negativo a mercados e intereses financieros transnacionales. Acto de poder y manotazo legitimados por una consulta dudosa, la primera de muchas, tanto en su condición de instrumento de consulta y verdadera representatividad sobre temas especializados, como por el sesgo que el propio presidente le imprime con su opinión previa a las votaciones. De ahí ha seguido la contradictoria consulta sobre la termoeléctrica en Morelos (cuya cancelación prometió como candidato e incumplió como presidente), y habrá otra más sobre el Tren Maya, proyecto tachado de desarrollista y depredador.

La cancelación del apoyo a las estancias infantiles, la promoción en el Poder Judicial y los órganos autónomos de allegados e incondicionales, la disposición mágica de hacer cien universidades públicas, la confrontación directa y la descalificación de las opiniones contrarias —un defecto que es una fuerza que es un defecto—, su maltrato e incomprensión de la sociedad civil, sus perdones providenciales e indiscriminados, los supradelegados y su suprapoder, su gabinete opacado, con varios de sus integrantes incapaces de la tarea encomendada. La ignorante, catastrófica omisión del calentamiento global y sus efectos adversos sobre la 4T y todo lo demás. Errores.

Considérese que López Obrador recibió un Estado saqueado y en situación desastrosa. Como todo cambio de régimen supone aprendizajes y exige abruptas modificaciones. Y antes de pasar a la enumeración de sus aciertos, es indispensable señalar zonas de grave ineptitud en su gobierno, como el Fonca y la Secretaría de Cultura, cuya titular es más cercana a las artes populares que a la cultura contemporánea, la cual parece despreciar.

Es paradójico que un número mayoritario de integrantes del sector artístico y cultural hayan votado por López Obrador, y que en su gobierno se vuelva un sector tan maltratado. Circula en las redes una carta abierta dirigida a Alejandra Fraustro, secretaria de Cultura, y a Mario Bellatin, entonces responsable del Fonca, firmada por decenas de organizaciones teatrales que a tres meses del cambio de administración se declaran sorprendidas por “el intento constante por destruir el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, una institución que nos ha tomado décadas construir”.

Humberto Musacchio cuenta en La república de las letras, su columna de Excélsior, el esperpéntico encuentro entre un considerable número de creadores y dos funcionarios de segundo nivel mandados por Fraustro y Bellatin en su lugar para participar en un foro de consulta sobre la institución. El representante de Bellatin concentró sus críticas contables en el número de creadores durante 25 años del SNCA y su costo en dinero. El de Fraustro dijo que los apoyos a los creadores se quedaban en la colonia Condesa.

Una mezcla de resentimiento incompetente ha surgido, desde la misma secretaría que la alberga y debiera defenderla, contra una de las instituciones culturales que han auspiciado la inteligencia creativa del país. Su destrucción sería espiritual y políticamente muy costosa.

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