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Miércoles , 20.03.2019 / 12:48 Hoy

Elitismo para todos

Aquella impropia corbata

Fernando Solana Olivares

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Él se ve pequeño en la fotografía al lado del rey, a quien mira alzando la vista con una mezcla de curiosidad infantil, sorna picaresca y diversión intelectual. Lleva una corbata verde a rayas, la única que poseía, más propia para dar un paseo en la tarde y no para recibir el Premio Cervantes, del cual antes había malhablado y ahora le entregaban.

Avatares del destino, necesidad con cara de hereje, nunca digas no. En su discurso de recepción del 23 de abril de 2015, Juan Goytisolo preguntó cuántos de sus lectores conocieron las penurias económicas de Cervantes, sus fracasos, su encarcelamiento por deudas, su vida dura en barrios de mala fama con esposa, hija, hermana y sobrina, en “los márgenes más promiscuos y bajos de la sociedad”.

La mención de Goytisolo entonces quizá tendría tres sentidos: hacerle justicia a Cervantes reclamándolo como su legítimo predecesor, aludir de manera elegante e hiperbólica a las razones de necesidad para justificar su aceptación del premio, reiterar de nuevo que la literatura poderosa se hace en los márgenes, a contrapelo de las corrientes dominantes. De ahí proviene su atrevimiento literario mayor: aquel atrevido “salto al abismo”, como le llama Danubio Torres Fierro, donde Goytisolo dejó la narrativa convencional de su época, novelas más o menos realistas, sicológicas, de tesis, para incurrir en obras donde se trastocan todas las convenciones y preceptivas literarias, suceden cambios de tiempo y puntos de vista narrativos, situaciones abiertas que están en modificación constante, y las fronteras entre lo fantástico y lo real, lo racional y lo irracional se desvanecen.

Esta transformación significa para Mario Vargas Llosa un contagio con las “disecantes” teorías literarias de Ronald Barthes y otros teóricos, enfermedad que lo llevó a ese cambio de forma y contenido donde produjo “una prosa rebuscada y litúrgica, de largas sentencias y estructuras gaseosas”. Vargas Llosa, maestro de la forma conocida y de la narración directa, reprueba aquella literatura de “libros imposibles” hecha por Goytisolo, explorador de la forma como otra variante literaria para apropiarse de la única dimensión permitida del escritor: el lenguaje. Él la considera un camino equivocado.

El erizo, que sabe una cosa grande, versus la zorra, que sabe muchas pequeñas. El exitoso marqués cuenta en “Ese pertinaz don Juan” (El País, 18 de mayo de 2017) que dichos libros de historias inciertas, pretextos según él para una retórica sin vida, quedarán en el recuerdo “de las imprecaciones contra España”. Salva, en cambio, los reportajes y libros de viaje y dos novelas del autor, a quien veía idéntico a sí mismo al paso de los años: belicoso, disonante y arbitrario. Se comprende que el notable y desigual (como todos, a excepción de Homero, Rulfo, Lampedusa) novelista peruano, ahíto de éxito políticamente correcto y frívolo ascenso social, no pueda comprender a alguien que practicó la literatura y vivió su vida como una subversión de categorías y una resistencia, como un empeño por comprender, no por tener.

La vía del heterodoxo haciendo pequeñas concesiones necesarias para asegurar el futuro de lo que llamaba su tribu, su familia marroquí compuesta por su compañero, sus tres sobrinos a quienes dio carrera universitaria, sus cuñados, viviendo todos en el antiguo hostal comprado por el escritor en Marrakech años atrás.

En un orden goytisoliano de concordancia con esto (“solo relaciona”) llega un correo de Eduardo Subirats donde hace saber a sus amigos que hallándose absorto en la expresión pura e infinita del lago Titikaka se enteró del fallecimiento del escritor. El resultado es un texto de homenaje que envía porque no tiene donde publicarlo. En él escribe que el destino del intelectual ha sido y es el exilio. Un intelectual vinculado al esclarecimiento filosófico, poético, artístico y político, comprometido con la búsqueda de la verdad y la comunicación de los alcances de esa voluntad de verdad. Un exilio sin retorno, como fue el de Goytisolo, en estos “tiempos de silencio” impuestos globalmente. Más allá de ello, Subirats concluye que su obra solo puede comprenderse desde la tradición de reforma de la memoria y de resistencia simbólica y política, núcleo espiritual de la gran literatura hispanoamericana del siglo veinte.

“Tan solo alumbra aquel que arde”, dice una línea poética de Goytisolo. Cervantes ardió. Goytisolo también. Obra cumplida, vida cumplida. No se puede hacer más.

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