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Domingo , 21.04.2019 / 22:27 Hoy

Entre paréntesis

Todo un éxito

Fernando Escalante Gonzalbo

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No tiene sentido regatearle méritos a la operación contra el robo de combustible de las últimas semanas, porque ha tenido un éxito espectacular, aplastante. Y si hubiese sido algo improvisado, como se dice, tendría tanto más mérito por eso.

Veamos. Para el Presidente el petróleo tiene un significado casi religioso. El petróleo es la riqueza, el desarrollo, el patrimonio de México, pero sobre todo es la soberanía. En su idea del país todo gira en torno al petróleo, y a Pemex. Para la mayoría de la gente es un asunto relativamente menor, mejor dicho: era un asunto relativamente menor. En unos pocos días la sociedad se ha puesto en sintonía con las preocupaciones del señor Presidente. Todos estamos de acuerdo en que hace falta, y es urgente, cuidar de Pemex.

Pero además la estrategia permitió señalar de nuevo, con renovada, intensa indignación a los verdaderos responsables de todo, empezando por el robo de gasolina: los últimos cinco presidentes del país. Todos ellos cómplices, y finalmente culpables del desabasto. Cada hora de espera en una cola, cada viaje perdido, era un argumento más para defender la cuarta transformación.

Por otra parte, la campaña volvió a dar interés a las charlas matutinas del señor Presidente. No es fácil conseguir que la prensa toda esté pendiente de un lento, repetido sermón cotidiano, en que el Presidente no responde a nada de lo que se le pregunta. Bien: el sentido de urgencia provocado por la escasez de gasolina hizo que todos estuviesen durante semanas de nuevo atentos a lo que dijera, tratando de descifrar el más insignificante lapsus. Y el señor Presidente se pudo permitir diariamente los desahogos histriónicos de los que está hecha su autoridad moral.

Acaso el mayor éxito haya estado en permitir a la gente poner acentos épicos a su vida cotidiana, participar directamente en una guerra. En esos pocos días fuimos todos soldados en la batalla contra los huachicoleros. El Presidente reconoció la cuota de heroísmo de todos, agradeció a los mexicanos su capacidad para resistir en la cola de la gasolinera. Y la gente tuvo de pronto hazañas que contar: yo estuve seis horas en cola, yo 12, yo me pasé toda la noche... Por eso salió fortalecida la autoridad del jefe que nos guió en la batalla. El más enconado adversario tiene que reconocer que reproducir la experiencia del sitio de Stalingrado con sólo unas cuantas gasolineras cerradas por unos días es un éxito.

La campaña sirvió también para que termináramos de hacernos a la idea de tener al Ejército en todas partes: en las refinerías y las carreteras y los ductos, en los camiones cisterna, en las gasolineras –cuidando nuestra gasolina.

Finalmente, y no es poca cosa, la operación sirvió para responder de nuevo la pregunta que obsesiona al Presidente: ¿quién manda aquí? Todos los que hablaron en esos días se esforzaron por dejarlo claro: el señor Presidente ordenó cerrar los ductos, el señor Presidente ordenó comprar pipas, el señor Presidente ordenó abrir los ductos. Y lo puede hacer de nuevo, siempre que sea necesario: ¿alguien tiene dudas?

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