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Martes , 26.03.2019 / 05:33 Hoy

Entre paréntesis

‘Quis custodiet’

Fernando Escalante Gonzalbo

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Las calificadoras son la clave de bóveda del sistema financiero internacional. Son la manifestación más concreta de eso que se suele llamar “los mercados”. Las calificadoras identifican, registran, también provocan el nerviosismo, la preocupación y las demás emociones que experimentan “los mercados”. Y desde luego hay muchos motivos para desconfiar de ellas, pero hacer como si no existieran es hoy por hoy un disparate.

Las calificadoras ofrecen información sobre las diferentes inversiones posibles: evalúan el riesgo que implica una cosa u otra, y en función de eso asignan un valor a las acciones, emisiones de deuda, bonos de tesoro y demás. Los inversionistas, que no pueden investigar por su cuenta cada oferta, tienen que fiarse de ellas, y de hecho muchos de los fondos de inversión más grandes están obligados por su normativa a adquirir solo los instrumentos mejor calificados.

Por eso la calificación tiene un impacto inmediato y masivo sobre decisiones de inversión, movimiento de capitales, sobre el costo del endeudamiento. No es cuestión de buena o mala voluntad, sino que esa es la mecánica del sistema.

El problema es que tres empresas (Moody’s, Fitch, Standard & Poor’s) controlan más de 80 por ciento del mercado. Y la metodología que emplean para la calificación es secreta (porque eso es lo que venden). Es peor, porque son los bancos, las empresas, los países, los que pagan a las calificadoras para que evalúen sus instrumentos financieros. La combinación: solo tres empresas, método opaco, pago de una parte interesada, ofrece una infinidad de oportunidades para la corrupción.

La crisis de 2008 hizo visibles algunas de las más graves consecuencias: las acciones de Lehman Brothers tenían la máxima calificación hasta el mismo día en que se declaró en quiebra; 91% de los productos financieros calificados con triple A en 2007 eran “bonos basura” en 2009.

Se puede suponer que esos “errores” obedeciesen a motivos económicos muy pedestres, pero errores parecidos se pueden cometer también por motivos políticos. Cuando baja un punto la calificación de un país, que significa que hay riesgo de que no pueda cumplir con sus obligaciones financieras, inmediatamente sube el costo del endeudamiento: le cuesta más colocar bonos, tiene que pagar intereses más altos.

Por eso, hace seis años, después de que el sistema de calificación hundiese las finanzas públicas de Grecia, España, Portugal, surgió la idea de formar una agencia pública europea de calificación, capaz de ofrecer una alternativa. Se trataba de crear un organismo multilateral, cuya metodología fuese transparente, y que pudiera ofrecer calificaciones que sirvieran como término de referencia para modular el sistema. El proyecto está en algún cajón de la Comisión Europea, pero sigue siendo una buena idea. De este lado, tocaría a México encabezar una iniciativa similar. Podría ser el inicio de una reforma mayor del sistema financiero internacional. Esto otro, el desplante nacionalista de fingir que la calificación no importa, es menos que nada: una gesticulación vacía.

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