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Martes , 23.04.2019 / 13:37 Hoy

Entre paréntesis

¿Quiénes somos?

Fernando Escalante Gonzalbo

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En Irlanda, como en todas partes, se discute en estos días sobre la educación. Tampoco se llega a nada. Se habla en particular sobre el lugar que debe tener la historia en la enseñanza media, si debe ser obligatoria. Porque la más reciente reforma dice que no, hace obligatorias únicamente tres materias: inglés, matemáticas, y gaélico, que no sirve de mucho, y por eso es obligatorio. En realidad, cuando se habla de historia se está hablando de otras cosas —es lo que tiene de entretenido. Así suelen ser las discusiones sobre educación.

Los partidarios de la reforma dicen, y no les falta razón, que no se puede probar que mejore el aprendizaje si una materia es obligatoria. Lo que pasa es que tampoco se puede probar lo contrario. Por ahí no se va a ninguna parte. Los argumentos son variaciones más o menos matizadas de la clásica imagen del mercado de las ideas —y sería interesante ver hacia dónde conducen, salvo que nadie lo piensa en serio. El punto de partida, como corresponde, es pedir piso parejo. Gary Grainville en el Irish Times, por ejemplo, se queja porque hacer obligatoria una materia equivale a decir que otras son menos importantes; y tiene razón: pero por eso se hacen obligatorias algunas (como el gaélico) y no otras. El argumento más simpático consiste en decir que de todos modos se va a enseñar historia, porque los maestros son profesionales, saben lo que hacen, y saben que es importante.

Los enemigos de la reforma tienen de portaestandarte al presidente, Michael Higgins, a quien le preocupa profundamente que haya quienes dudan de la importancia vital de la enseñanza de la historia. Para defender la materia, la antigua ministra de educación, Mary O’Rourke, comienza por decir que la historia no es sólo un árido relato de fechas, batallas, alianzas y reinos perdidos; me resulta extraño porque a mí siempre me pareció que lo más interesante eran precisamente las fechas, las batallas y las alianzas. Imagino que se trata de mantener vivo el cliché de la historia aburrida, para poder seguir diciendo que no es eso, no es eso. El corazón del argumento es que la historia es “la herencia de nuestro pueblo”, como dice el presidente Higgins, y sólo estudiando historia podemos saber “quiénes somos, de dónde venimos”. Eso, en un país en que los héroes de la independencia están hasta en las paredes de las cantinas. Y ahí asoma las orejas el pequeño monstruo que había detrás, el verdadero objeto de toda la discusión.

Para que la historia nos diga quiénes somos hay que empezar dando por buena la fantasía de un sujeto colectivo, de existencia inmemorial, protagonista de gestas heroicas, que ha sido víctima de agravios imborrables. Y entonces todo empieza a oler a podrido.

Decía Paul Valèry que la historia es el producto más peligroso que ha elaborado la química de la inteligencia. La historia emborracha a los pueblos, engendra falsos recuerdos, provoca delirios de grandeza o de persecución. La historia, decía, no enseña rigurosamente nada, porque tiene ejemplos para todo, y permite justificar lo que se quiera.

Esa historia, la que nos dice quiénes somos. Pero eso pasa en Irlanda: a nosotros ¿qué?

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