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Lunes , 22.04.2019 / 16:34 Hoy

Entre paréntesis

Los gatos pardos

Fernando Escalante Gonzalbo

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La Jornada ha convertido en un verdadero arte la sintaxis, la puntuación, el formato de los titulares: administra las elipsis, los deícticos y, sobre todo, las comillas de modo que el titular desmienta el contenido del artículo, para hacer de cualquier noticia un editorial. Por eso es notable la helada neutralidad de su titular de hace unas semanas: “López Obrador decreta el ‘fin de la época neoliberal’”. La cabeza en interiores era parecida: “Abolidos, el modelo neoliberal y su política de pillaje, asegura AMLO”. Así, sin asomo de ironía, sin permitirse el mínimo gesto de poner entre comillas “decreta” o “abolidos”, que era lo único interesante de la nota: el lenguaje “leguleyo” —porque el resto era el hojaldre de simplezas al que estamos acostumbrados.

A los redactores de La Jornada no les parece desternillante que alguien diga que queda “abolido” el neoliberalismo. Ni que sea precisamente un apasionado de la austeridad, y de repartir el dinero en efectivo para que el mercado escoja a los suyos. Y se limitan a transmitir a sus fieles, respetuosamente, el “decreto” del señor Presidente.

No puedo evitar la sospecha de que efectivamente piensen así. Neoliberal, en ese lenguaje, es poco más que un insulto, intercambiable con fascista, conservador o autoritario. Y es siempre lo que hacen ellos, sea lo que sea; y por lo tanto, por definición, lo que nosotros hacemos es otra cosa, y por eso se puede decretar el fin del neoliberalismo. Por supuesto, todo puede empeorar. En los últimos tiempos, en el espacio público neoliberalismo equivale a corrupción. Y ahí sí que todos los gatos son pardos (y a lo mejor se trata de eso).

Si se pudiera hablar en serio, habría que decir que el neoliberalismo como programa no es ni más ni menos propicio para la corrupción que cualquier otro sistema. De hecho, parte de su atractivo cuando se impuso fue que ofreciese un remedio para la corrupción, con medidas muy parecidas, algunas idénticas a las del gobierno actual: austeridad, eliminar intermediarios, repartir en efectivo. Pero hay otros problemas. Al equiparar neoliberalismo y corrupción todo queda reducido a un problema moral, de individuos concretos, cosa de ser buenos o malos, y por ese camino no se va muy lejos. Pero además se vuelve imposible la discusión, porque ya no se trata de que el neoliberalismo esté equivocado en esto o lo otro, sino que es un delito.

Si se pudiera hablar en serio (es un decir), habría que decir que hay muchos neoliberales honestos, que lo son por convicción, y no les faltan razones. Y con ellos habría que discutir seriamente, y hacer balance, para que podamos imaginar una alternativa. Esto otro es peor que nada. Nos ahorramos la discusión, la damos como resuelta por decreto, y en el fondo no cambia nada, o nada fundamental —y ni siquiera sabemos si queremos que cambie ni en qué sentido. El neoliberalismo fue el programa intelectual más exitoso de la segunda mitad del siglo XX, mucho más que un conjunto de políticas económicas. Y en mucho, nuestro horizonte intelectual sigue siendo neoliberal. Lo es la retórica del Presidente, para empezar.

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