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Jueves , 25.04.2019 / 03:50 Hoy

Entre paréntesis

Imaginar al Presidente

Fernando Escalante Gonzalbo

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La querencia del Presidente por el Ejército revela una inclinación bastante obvia: prefiere hacer las cosas sin discusión, sin publicidad, sin dar muchas explicaciones. La construcción en Santa Lucía, por ejemplo. Es altamente improbable que llegue a funcionar nunca ese sistema de tres aeropuertos con el que se ha fantaseado, imposible conseguir dinero privado para la aventura, y cada vez más costoso discutir en público el proyecto. Así que se le encarga al Ejército, para que se pueda cargar la obra al presupuesto sin licitación –y disimular el costo. Algo parecido se puede decir del desarrollo inmobiliario de lujo en Santa Fe. No será lo último de lo que se encarguen los militares, aparte de las funciones de policía, por supuesto.

Ahora bien, lo interesante no es que le guste mandar así, como se manda en el Ejército, sino que es consciente de que normalmente no puede hacerlo, porque forma parte de una trama institucional, de instituciones públicas y privadas, nacionales e internacionales, que no le permiten hacer lo que le venga en gana.

Al Presidente le gusta representarse con rasgos heroicos. El nuevo emblema del Ejecutivo es elocuente: están allí los héroes de las pasadas transformaciones (dos derrotados, uno asesinado, otro que se reeligió hasta morir en la Presidencia, y un priista), a la espera del que sigue. Y el único contenido real de su programa de gobierno es que gobierne él; por eso se acabará la corrupción, por eso habrá seguridad, crecimiento, justicia –porque está él en la Presidencia. No tiene mayor interés saber si verdaderamente lo piensa, lo que importa es que los demás lo piensen.

El miedo con que lo tratan todos: rectores, dueños de medios, empresarios, políticos, dice que todos ellos piensan que es capaz de cualquier cosa. Es bastante público que es irascible, impaciente, obstinado y bastante inescrupuloso –es un político. Y además tiene mayorías en las cámaras. Pero su poder es extraordinario sobre todo por el miedo de los demás.

Sólo por ejemplo, porque es divertido, pienso en un extravagante artículo en El Universal, firmado por el señor Manuel Mondragón y Kalb sobre la reducción del presupuesto para el deporte. Hace una inspirada defensa del deporte, que “confluye” con “la salud, el bienestar, la preparación cívica y académica, el trabajo y la economía, además del respeto a la ley y las normas…” Nada menos. Y el dinero público para eso en su “mínimo histórico”. Cargado de razón (cargado de esas razones, al menos), concluye: “Habrá que acudir al apoyo del Señor presidente, nunca sumándose a las voces que se sienten afectadas por los recortes en diferentes ámbitos, sino solicitando que se tome en cuenta el bien que el deporte hace a la persona, así como la conciencia de nuestra verdad…” No al Congreso, no a ningún partido ni a la opinión pública, sino al Señor presidente (la mayúscula es conmovedora), pero nunca sumándose a los críticos, ¡hasta ahí podíamos llegar!

Junto con los textos de Porfirio Muñoz Ledo de los últimos meses, podría haber servido para el ambiente de la película Roma. De eso está hecho el poder del Presidente.

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