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Sábado , 23.02.2019 / 09:30 Hoy

Entre paréntesis

Definiciones

Fernando Escalante Gonzalbo

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Empecemos por el principio: el neoliberalismo sí existe. Pero no todo lo que se ha hecho en las últimas tres décadas es parejamente “neoliberal”. Ni basta con hacer lo contrario en todo para tener una alternativa. No es, aclaremos eso también, el liberalismo “de toda la vida” –si la expresión tiene algún sentido (que creo que no). El neoliberalismo es el último gran programa ideológico del siglo XX, por mucho el más influyente, y que domina prácticamente sin alternativa en todo el mundo hasta la fecha. Es claro que ningún país ha sido perfectamente neoliberal, tampoco México, como ninguno fue perfectamente socialista, pero en ambos casos los perfiles son reconocibles.

En agosto de 1938 se reunió en París un conjunto de economistas, abogados, filósofos, periodistas, políticos, para discutir las posibilidades de reconstruir el liberalismo, amenazado entonces por el auge del totalitarismo en Alemania, Italia, en la Unión Soviética. El motivo fue la publicación de un libro de Walter Lippmann, y por eso se conoce como el Coloquio Lippmann. El punto de partida en todas las sesiones fue una crítica directa, grave, indudable, de casi todas las expresiones anteriores de la tradición liberal: del liberalismo económico manchesteriano, el liberalismo político de John Stuart Mill, el nuevo liberalismo social de Thomas Hill Green y Leonard Hobhouse. Desde el primer día llegaron a una definición básica: el criterio para definir al liberalismo es el libre funcionamiento del mecanismo de los precios. Y perfilaron una alternativa, y un programa de acción para darle nueva vigencia.

En su proyecto había tres principios fundamentales. Primero, es necesario un Estado fuerte para proteger al mercado, protegerlo de la sociedad, de la política, y ampliarlo e imponerlo dondequiera que sea posible. Segundo, las libertades económicas tienen que estar por encima de las libertades políticas, fuera del alcance de las mayorías en un sistema democrático. Y tercero, como forma de producción, distribución, asignación de recursos, lo privado es moral y técnicamente superior a lo público –y por lo tanto es imperativo un programa de privatización. Discutieron sobre la importancia de darse un nombre reconocible, y decidieron llamarse “neoliberales”. El resto, y hay mucho, muchas variantes, el resto son derivaciones de esa mirada, que supone una idea del hombre, de la sociedad, de la justicia.

El programa ha fracasado en muchas cosas, casi sobra decirlo, pero no es enteramente descartable. Si se quiere pensar una alternativa, hay que pensarla en el mismo plano, y dar respuesta a las preguntas mayores. Para empezar la discusión hay que pensar en qué y por qué hace falta el mercado, en qué y por qué tiene que tener límites; hay que pensar qué libertades, qué derechos deben quedar fuera del alcance de las cambiantes mayorías parlamentarias; pensar en qué y por qué puede ser superior un sistema de producción o distribución público, de qué clase de bienes, servicios, recursos. En ningún caso la respuesta es obvia.

Antes de superar el neoliberalismo, hay que ponerse a su altura.

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