Política

Creyentes

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No es una novedad, pero siempre resulta lamentable la falta de una conversación pública medianamente seria, informada, con algo que no sean invectivas, descalificaciones, insultos y burlas. Como de costumbre, eso no ha cambiado, tenemos de un lado una gestión sin discusión, y del otro una protesta sin programa. El resultado es esta polarización, no digo que estéril porque puede producir alguna victoria electoral, y bastante violencia, pero sí muy desagradable, y que a fin de cuentas no conduce a ninguna parte porque no puede sino reproducirse.

Falta la conversación porque faltan ideas, de un lado y otro. De modo que no es que no haya ánimo de conversar, aunque tampoco lo hay, sino que falta materia. Por eso unos y otros se limitan a esperar que “la realidad” termine por darles la razón (y haya crecimiento, y servicios de salud para todos, o que haya una catástrofe). Es decir, no quieren conversar, ni unos ni otros, sino taparle la boca a los del otro lado —con la fuerza de las cosas.

La verdad es que yo no tengo mucha confianza en “la realidad” ni en sus efectos sobre nadie.

En 1954, en Chicago, Marian Keech anunció a los miembros de su congregación, de un culto de platillos voladores, que el fin del mundo llegaría precisamente el 21 de diciembre de ese año, pero que los guardianes le habían informado que una nave espacial llegaría para rescatarlos a ellos. A Leon Festinger le pareció la ocasión ideal para estudiar la actitud de los creyentes cuando una predicción es desmentida definitivamente por la realidad. El resultado, como podía esperarse, fue que los fieles se afirmaron en sus creencias incluso con más intensidad que antes. Festinger elaboró una explicación muy persuasiva a partir de su hipótesis sobre la disonancia cognitiva. Y entre otras cosas, descubrió que era fundamental la existencia de un grupo de referencia que comparta la fe.

Recientemente, Timothy Jenkins ha añadido un matiz que me parece muy iluminador. Dice que el resultado no es sorprendente porque una profecía no es una predicción que pueda ser verificada o refutada por los hechos, sino que es un trabajo de imaginación política, que sobre todo se refiere al presente, al significado del presente. Recuerdo además la vieja tesis de Raymond Boudon: puede haber muy buenas razones para sostener ideas equivocadas, o que se puede demostrar que son falsas; a veces es por falta de información o por pereza, pero también a veces por apasionamiento o por el sesgo que impone una convicción moral.

O sea, que no veo motivo para confiar en lo que diga “la realidad”. Pero además, esperarlo es haber renunciado a intentar siquiera la conversación: no sobre “los hechos”, sino sobre las premisas morales a partir de las que vemos “los hechos”. El ruidoso silencio en que están encastillados unos y otros significa que están convencidos todos de que los del otro bando son irremediablemente idiotas, o moralmente malvados —y nadie va a renunciar a ese sentimiento de superioridad. Por eso no hay nada de qué hablar. En el fondo, esa conversación que no podemos tener es indicador de un grave fracaso moral.

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Fernando Escalante Gonzalbo
  • Fernando Escalante Gonzalbo
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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