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Sábado , 23.02.2019 / 19:51 Hoy

Entre paréntesis

¿Comprar o leer?

Fernando Escalante Gonzalbo

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La primera iniciativa del programa de promoción de la lectura del nuevo gobierno ha sido poner a la venta 50 títulos a 50 pesos; entre ellos, dos de Ramón Xirau, un homenaje a Adolfo Sánchez Vázquez, una selección de poemas de Gilberto Owen, cartas de Pedro Salinas, también un disco de Ramón Xirau leyendo poesía en catalán. En previsión de la avalancha de compradores, se anunció un pronto “resurtido” de las librerías.

Es un poco bochornoso tener que explicar que es una mala idea. Pero vamos allá: es una muy mala idea. No tiene sentido discutir la selección concreta de títulos. Habrá muy buenas razones administrativas, serían seguramente los sobrantes de más bulto en el almacén. Y vender libros a precio de saldo para vaciar bodegas es más viejo que el andar a pie. Pero no es el modo de promover la lectura. Para empezar, porque a quien no le interesen esos títulos en particular la campaña no le sirve de nada. Y si se repite con otros, es cada vez peor.

Para vender libros baratísimos, casi regalados, hacen falta tirajes de un volumen que nunca se vende en México, de 50 o 100 mil ejemplares. Y eso se puede hacer sólo con unos pocos títulos: 50, 100, a lo mejor 200. Sabemos por experiencia que no se van a vender, que la gente no los querrá ni regalados. Pero en el mejor de los casos, el mayor éxito consistiría en que 50 mil personas pudiesen tener en su casa los 50 o 100 títulos que haya escogido el funcionario de turno: Xirau, Sánchez Vázquez, las cartas de Pedro Salinas.

La iniciativa se explica por la idea superficial, paternalista, equivocada, de que los pobres no leen, y que no leen porque son pobres, y no pueden comprar libros. En todo el mundo, con independencia de escolaridad e ingresos, hay aproximadamente un tercio de la población que no lee –y no quiere leer, y más vale dejarlos en paz. Una estrategia de promoción de la lectura tiene que mirar sobre todo a los lectores ocasionales, procurar que se conviertan en lectores habituales; y para eso hay que hacer atractiva la lectura: ofrecer un catálogo lo más amplio posible, de cientos de miles de títulos, para que cada quien escoja.

El problema consiste en ofrecer eso a un precio razonable. Pero la solución ya está inventada. En el origen de la iniciativa hay una extraña confusión entre leer libros y comprar libros. Y por eso se hace escándalo por el precio –y la estrategia se reduce a hacer libros baratos. Y no. Desde luego, sería deseable que la gente tuviese, toda la gente, una extensa biblioteca en casa, varios miles de ejemplares. Pero eso no va a suceder. La solución es mantener una buena red de bibliotecas públicas, bien surtidas, bien atendidas, que inviten a estar. También hay ejemplos en otras partes, sabemos que eso puede funcionar. Y entonces, cuando hay accesible una oferta amplísima de títulos, se puede hacer atractiva la lectura –para cada quien la suya, no la que haya escogido el burócrata (por muy buena voluntad que haya puesto en la elección).

Dicen que trabajan en un diagnóstico: ojalá.

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