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Martes , 23.04.2019 / 01:18 Hoy

Entre paréntesis

Callar y obedecer

Fernando Escalante Gonzalbo

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El 16 de mayo de 1937, Isidro Fabela presentó a nombre de México una enérgica protesta en la Sociedad de Naciones contra el intento de reconocer de facto la desaparición de Etiopía, invadida por Italia. Para entonces México se había quedado prácticamente solo en la defensa de Etiopía –y de los principios del Pacto de la Sociedad de Naciones. Contra Italia, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, contra el resto de los países americanos. Es uno de los momentos más altos de la diplomacia mexicana, un gesto que hoy resulta impensable; después de todo, ¿qué nos importa Etiopía?

La semana pasada, en Libia, el Ejército Nacional Libio de Jalifa Haftar bombardeó Trípoli, Naciones Unidas pidió con urgencia un alto el fuego: nadie espera que México tenga nada que decir. El mes pasado se cumplieron ocho años de guerra en Siria, y desde luego no hay una postura de México, ni siquiera una declaración de banqueta. Justo la semana pasada se cumplieron cuatro años del primer bombardeo saudita en Yemen: México se cuida mucho de tener una opinión al respecto. Somos prácticos, ¿qué nos importan Libia, Siria, Yemen? La crisis de Venezuela continúa, se agrava, y el gobierno mexicano consigue que pasen los meses sin decir nada concreto.

Es obvio que el principal asunto de nuestra política exterior es la relación con Estados Unidos, en la que todo es desproporcionado. Ahora bien, precisamente por eso, porque la relación es así de absorbente, necesitamos ocuparnos de otras cosas, y sobre todo necesitamos tener presencia en los foros multilaterales, y hacer algo por recuperar el prestigio que alguna vez tuvo la política exterior mexicana. Nos olvidamos de eso hace tiempo. Al gobierno de Vicente Fox se le ocurrió que podíamos usar el voto de México en los organismos multilaterales para negociar cosas con Estados Unidos, es decir, hacer de lo multilateral un tema de la relación bilateral –la peor opción posible: pagamos con el descrédito del país un negocio ruinoso, que no nos dejó nada.

Para los siguientes gobiernos: Felipe Calderón, Enrique Peña, Andrés Manuel López Obrador, el interés nacional ha venido a quedar resumido en el único propósito de mantener una buena relación con Estados Unidos, a costa de lo que sea. El resultado es patético. Se ha buscado el amparo retórico de la no intervención. Pero no intervención no quiere decir no hacer nada: el artículo 89 también exige la solución pacífica de controversias, la protección de los derechos humanos, la lucha por la paz –que son los recursos con los que se fraguó el prestigio de México, cuando lo hubo.

En este momento, por ejemplo, Estados Unidos no puede imponer una solución en Venezuela. México podría contribuir a dar una salida al conflicto, como se hizo en otro tiempo con el Grupo Contadora. Y empezaría a tener un poco de credibilidad para la opinión internacional, y contaría para algo. Esto de hoy no tiene buen futuro. El “Yo zafo” puede ser gracioso, si a alguien le hace gracia, pero la astucia pueblerina de esta política exterior, de callar y obedecer (y tratar de que no se note), no solo es indigna: también es inútil.

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