Lo que viene será mucho más complicado para el presidente Andrés Manuel López Obrador. La pregunta es cómo habrá de responder ante la adversidad. En la respuesta hay quien invoca la capacidad de cambiar como ocurrió con la política migratoria. Otros refieren el rosario de decisiones desafortunadas seguida de una conducta de reiteración, como ha sido evidente en su respuesta al reclamo de las mujeres contra la violencia y la desigualdad, y que hoy domingo marchan en lo que seguramente será mucho más que un sano precedente de la protesta social.
El Presidente no es misógino, pero no es feminista, ni siquiera humanista como él se refiere. Su intolerancia y desprecio a las libertades lo llevan al campo conservador. Sí es de reconocerle su actitud cristiana ante los delincuentes, a quienes pretende reconvenirlos mediante abrazos y no balazos. El Presidente cree en el perdón y la reconciliación del pecador. La cuestión es que es Presidente de la República y ése no es el terreno resbaladizo de la moral y de las verdades reveladas, sino el de la ley y sus consecuencias.
Es ominoso lo acontecido en la conferencia presidencial mañanera del miércoles, cuando un impostor de periodista con pregunta sembrada y mal leída al titular de la UIF, por encargo pretendía intimidar a adversarios políticos o críticos del Presidente en el asunto de la protesta de las mujeres. Con ello se dejó en claro que la UIF es el instrumento para someter por la vía del miedo a los que se consideran adversarios. Que el Presidente efectivamente cree que el movimiento es ardid de los conservadores para dañar el proyecto político presidencial.
Es ominoso porque los problemas de los tiempos adversos pretenden atenderse por la vía autoritaria. Se trata de utilizar a las instituciones del Estado para amedrentar e intimidar. Que toda protesta independiente habrá de ser tratada como embestida de los enemigos del régimen. Si la paranoia y la intolerancia se impusieran, serían muy malas noticias para todos, incluso para el mismo Presidente, rehén de sí mismo y de sus impulsos autoritarios.
La adversidad es un desafío que demanda temple y prudencia de quien gobierna. Gobernar no será fácil y mucho menos una fiesta. Inevitable será que los eventos públicos se acompañen de la protesta. Que los colaboradores pierdan mística. Que si no controla el enojo se afectará al equipo y minará la confianza para decir lo que realmente se piensa. Habría renuncias y no faltaría quien aprovechara la circunstancia para avanzar en su agenda a costa de la del Presidente.
Que no se lograran las metas en lo económico, como seguramente sería el caso por hierros propios y el cambio en el entorno internacional, no querría decir que se agotara la agenda de las realizaciones. Pero para ello se requeriría justo lo que no ha habido: autocrítica, humildad, inclusión y apertura hacia quienes piensan en forma distinta.
Es muy temprano para decir que las pretensiones de la 4T quedarán en el tintero. Ya hay logros nada menores, por ejemplo, que el Presidente decida no involucrar el gobierno en las elecciones. También es un giro trascendente el que los altos servidores públicos vivan en la austeridad y con apego a un sentido ético del servicio público.
Al presidente López Obrador le queda redefinir al proyecto y trazarse objetivos al alcance. Luchar contra la impunidad, presente y pasada, es una demanda que une a los mexicanos, que ataca en sus causas a la venalidad y que atiende el reclamo de las mujeres y de las víctimas contra la violencia. El fiscal Alejandro Gertz Manero lo entiende, pero requiere de más apoyo político, legislativo e institucional. Tan solo lograr eso haría que el gobierno de López Obrador pasara luminosamente a la historia. La adversidad llama a rectificar. Lo mejor sería que el Presidente sorprendiera al país con aquello que muy pocos esperan.
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