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Viernes , 22.03.2019 / 21:26 Hoy

Juego de espejos

La fascinación del voluntarismo

Federico Berrueto

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Elemento importante de la propuesta de López Obrador es el voluntarismo, es decir, la idea de que las cosas mejoran y cambian a partir de la voluntad de quien está en el poder. No es una impostura, realmente el entonces candidato y ahora mandatario es de la idea de que todo habrá de cambiar por voluntad de quien encabeza el gobierno. Los problemas que hoy padecemos como violencia, corrupción y pobreza perderán residencia por voluntad del Presidente de la República.

Es irrefutable el deseo por la paz social, por un país al margen de la venalidad y de que las expresiones lastimosas de la pobreza dejen ser parte fundamental del rostro nacional. La seducción del voluntarismo es que el largo y complicado tránsito para hacer realidad este anhelo se reduce a la estancia del caudillo en la Presidencia. De hecho esta idea no es particular del actual Presidente, la demagogia que acompaña al proceso electoral cultiva la tesis de que la persona electa y su voluntad hacen la diferencia, promesa de un futuro prodigioso a cambio de votos.

En caso de ganar llegará el momento de gobernar y cumplir, pero la realidad hace pocas concesiones. Por ello es el discurso, la retórica es el santuario del que promete y del iluso que lo cree. Es una manera de atender el largo trecho entre lo que se logra y lo que se pretende. Las expectativas de elevado crecimiento económico se dejarán para un mejor e incierto momento. El mediocre 2 por ciento de los pasados años queda arriba de lo que habrá de alcanzarse este año. Pero poco importa, porque las palabras son el recurso que cobija y blinda; el éxito no son los resultados, sino trasladar al gobernado a la fantasía que reconforta para alejarlos de la realidad que preocupa e incómoda. Para eso sirve igual la prédica moral que la religiosa.

A pesar de que se asume que el periodo de gracia de un nuevo gobierno es de meses o un año, la realidad es que puede ser indefinida. Mucho depende del poder de las palabras y la narrativa del ayer, el ahora y mañana. Siempre habrá espacio para reinventar el argumento voluntarista y así se puede seguir hasta que la emoción ceda a la razón. No es fácil, por la codependencia que el discurso voluntarista produce entre el emisor y el receptor. Para el súbdito, mejor domiciliarse en la fantasía que enfrentar la incómoda responsabilidad de ser ciudadano.

Lo mismo es la inseguridad. Nuevamente, se requiere tiempo para el cambio. Así se dijo desde la campaña. La tentación de militarizar invade nuevamente el imaginario institucional, incluso en quien dijo en campaña, con razón, que el lugar de los militares son los cuarteles. Militarizar es el camino propio del voluntarismo, una puerta falsa por la simple razón que la ética del buen soldado es aniquilar al enemigo. El elemento castrense mantiene prestigio y credibilidad, por lo mismo, no debe exponérsele en tareas que entrañan riesgo reputacional, además de ser incompatibles. Pero el Presidente ha resuelto que llegará la seguridad cuando los soldados la hagan de policías. Así es porque en su imaginario él no permitirá el abuso, tampoco ordenará la represión, idea a contrapelo de la esencia militar y del mismo Estado.

El voluntarismo se convalida a sí mismo: las cosas están bien porque se desea que todo así esté. No hay sombra de duda porque la tesis no admite refutación, salvo que se pase al terreno del traidor. No hay impostura, hay fe, hay convicción y por ello no hay espacio a la reserva, mucho menos a la disidencia. El problema de las convicciones duras cuando vienen del poder es que encamina a la intolerancia, a la incapacidad para el examen, ya no digamos para la crítica.

El voluntarismo gobierna por eso las palabras de hoy día están plenas de falsas certezas. Para eso hay que exiliar a la realidad y así dejar al país al amparo de lo que se desea.


fberrueto@gmail.com 

 @berrueto



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