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Juego de espejos

El enemigo del Presidente

Federico Berrueto

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El enemigo más pernicioso del Presidente no es Carlos Salinas, Vicente Fox, Felipe Calderón, Enrique Peña o alguien de la mafia del poder. No es un rival político. No es un conservador fifí ávido de que el gobierno fracase. Tampoco es un periodista fondeado por privilegiados del presente o del pasado. No es un colaborador o correligionario quien desde la sombra conspira contra el proyecto o alguno que por incompetente o por cobarde deliberadamente le engañe o le oculte la verdad. No, el enemigo más nocivo del Presidente es él mismo.

Han pasado cinco meses de ejercicio formal del poder presidencial y más de 10 desde que la mayoría resolvió empoderarle por la vía del voto. La expectativa pública ha sido arrolladora. Su convocatoria por un cambio profundo, trascendente y de dimensión histórico ha despertado la esperanza por un punto de quiebre frente a los grandes males nacionales: corrupción, desigualdad y criminalidad. El Presidente convalida su determinación con un encuentro diario matutino con los medios.

Hay agotamiento del ciclo de inicio porque el enemigo del Presidente se resiste a lidiar con la realidad y asumir las premisas básicas de la civilidad democrática. El entusiasmo empieza a ceder, no por cansancio de la población, sino porque el activista Andrés Manuel se impone y anula al presidente López Obrador. La prédica del cambio se ha pervertido en el proceso. El país está dividido y apunta a la polarización, no ha habido actitud para la concordia, al contrario, descalificación y persecución al que disiente. Andrés Manuel se asume como voluntad única y omnipotente, hasta a sus propios colaboradores públicamente enmienda, reprende y humilla. El exceso y la vehemencia muy pronto han devenido en abuso a propios y extraños.

El activista Andrés Manuel es el factor mayor de la incertidumbre y desconfianza económicas. Sus decisiones son conscientemente erróneas porque privilegia ideología sobre razón, fantasía sobre verdad. Sus principales proyectos están más próximos al capricho personal que a una estrategia razonada para el bien nacional. La política social es clientelismo que despoja a las personas de lo más preciado, su dignidad. Es preocupante que los militares en su base sean policías y en su cúpula constructores o custodios de los puertos donde impera la corrupción por el contrabando y el narcotráfico.

El presidente López Obrador debe hacer un alto en el camino y mandar a volar al activista que ha envilecido al poder presidencial. Debe confiar más en su equipo y eso empieza por respetarle, escucharle y delegarle autoridad. El Presidente debe ser el primero en obedecer la ley y qué mejor que hacer de sus encuentros mañaneros un ejercicio de respeto riguroso a lo que la norma y el buen gobierno obligan: informar con veracidad, firmeza para hacer valer lo que a todos importa, generosidad hacia sus compatriotas y respeto y comedimiento a todos, especialmente al que disiente o a quien hace escrutinio.

El Presidente está decidido hacer historia y el activista también. Pero son rutas distintas. Ejercer el poder es responsabilidad y obliga a hacer valer la razón sobre la pasión. El Presidente no tiene enemigos ni amigos, el activista sí. El activista no entiende de límites ni contenciones, es la vehemencia en lo que se cree el motivo que mueve. El activista ya ganó la elección y esa era la misión, pero se resiste a dejar pasar a quien por mandato legal debe gobernar para todos, buscar el bien del país y cumplir y hacer cumplir la Constitución y sus leyes.

El Presidente López Obrador tiene un reto mayor por la magnitud del proyecto que se propone. Ha acreditado voluntad y singular persistencia, pero el activista que le acompaña le anula por su necedad y devoción autoritaria. Es evidente que para lograr lo comprometido, la lucha mayor del Presidente es vencer y dominar al enemigo que desde adentro y sin freno, día a día le acecha con singular denuedo.

fberrueto@gmail.com

@berrueto

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