• Regístrate
Estás leyendo: México- España: pasado y presente
Comparte esta noticia
Jueves , 25.04.2019 / 23:13 Hoy

Columna de Esteban Garaiz

México- España: pasado y presente

Esteban Garaiz

Publicidad
Publicidad

En el patio central del Museo Regional de Guadalajara, adosado a uno de los muros se conserva un escudo toscamente tallado, evidentemente de los primeros tiempos de la ciudad después de su cuarto emplazamiento, en el Valle de Atemajac.

No es un escudo de España: es un escudo de Castilla-León. En sus encuartelados aparecen los castillos y los leones; en la punta inferior aparece la granada, símbolo del reino moro recién reconquistado por los Reyes Católicos, Fernando e Isabel precisamente en 1492, el mismo año en el que la reina financió el viaje de Cristóbal Colón hacia las Indias.

La conquista de México, emprendida desde Cuba en 1519, con la tramposa autoridad que le da el Ayuntamiento fingido de la Vera Cruz a Hernán Cortés de parte de sus subalternos, no la realiza el conjunto de reinos de lo que hoy oficialmente es el Reino de España.

La conquista la realizó el Reino de Castilla-León, ya para entonces bajo la soberanía del Emperador Carlos V, nieto de los Reyes Católicos; y “la castilla” se impone como idioma. Ni aragoneses, ni menos los catalanes participaron en el proceso bélico de la conquista.

No estará de más observar que la gran mayoría de los descendientes de los conquistadores permaneció, nació, vivió y murió en México; y que la gran mayoría de sus actuales descendientes son mexicanos por nacimiento y aquí residen, producen y conviven con los descendientes de los conquistados… si no es que son igualmente descendientes de los conquistados y de conquistadores. Como corresponde a cualquier nación de origen mestizo; es decir: todas o casi.

Pero, yendo al tema, ¿quién pedirá perdón por los latifundios del régimen agrario heredado directamente de la Conquista? Que no terminó con la hipócrita Independencia Trigarante de 1821, la que traicionó los ideales insurgentes y se prolongó por 100 años más de vida independiente, durante todo el turbulento siglo XIX, con “cuatro quintas partes de los mexicanos” como peones en estado de servidumbre de las haciendas, sin derechos, ni ciudadanía legal.

Los gachupines ya se habían ido. Aquí quedaron sus nietos, ciudadanos mexicanos: los únicos en una república fingida, una república del 10 por ciento… y exagerando.

Hasta que la Nación reventó en 1910 y, con el respaldo de más de un millón de vidas, los excluidos, o sea de la gran mayoría analfabeta y explotada, decidieron ser ciudadanos: todos, y fundar la verdadera república: universal, a partir de los principios de libertad, igualdad y fraternidad.

La verdadera república que decide en 1917 que “la Nación tendrá en todo el tiempo el derecho de imponer a la propiedad privada las modalidades que dicte el interés público”, y que plasmó en el nuevo Pacto Nacional los derechos de los trabajadores.

La misma nueva república de todos y para todos que decide que no puede haber verdadera sociedad republicana sobre latifundios y servidumbre agraria de las mayorías. Que la tierra pase a ser de quien la trabaja, y que todos tengamos derecho a la escuela, a la electricidad, al agua, al cuidado de la salud, al uso del dinero, a subir al tren, y a decidir como ciudadanos.

Pero quedan aquí muchos polvos de aquellos lodos. Sigue el pasado heredado del régimen virreinal muy presente todavía en nuestro presente.

Que, si nos ponemos la mano en el corazón y nos preguntamos en lo íntimo si tratamos igual, con la misma fraternidad republicana, a quienes tienen pinta de descendientes de conquistadores que a quienes tienen pinta de descendientes de conquistados, puede ser que nos asustemos de nosotros mismos.

Puede que lleguemos a la conclusión de que el tema de la reconciliación, del perdón y de la fraternidad hacia adelante, no tenga mucho que ver con un saldo histórico con la España actual, sino aquí en el seno mismo de nuestra actual sociedad.

Por cierto, el México revolucionario de 1938-40 tuvo un gesto de fraternidad universal, del que debemos sentirnos orgullosos. La mayoría de los perseguidos políticos de entonces llegaron precisamente de la Republica Española, derrocada por la barbarie franquista; y se refugiaron aquí.

Con gran satisfacción podemos decir que ellos y ahora sus descendientes han manifestado de mil maneras su agradecimiento al presidente Lázaro Cárdenas y a la Nación mexicana. Debe reconocerse que su aporte profesional, académico, productivo y social ha resultado de alto beneficio para todos.

Si el gobierno español actual manifestara menos arrogancia y más conocimiento histórico, bien podría en su respuesta haber hecho agradecimiento público del dato histórico de la fecunda integración a la Nación mexicana de estos refugiados españoles.

www.estebangaraiz.org


Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.