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Domingo , 17.02.2019 / 20:24 Hoy

El desmenuzadero

Quién quiere vivir para siempre

Erik Vargas

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¿A dónde van los muertos? Eso depende de cada interpretación de la vida, cada filosofía sobre la que el ser humano ha radicado en la evolución de su raciocinio su eterno temor a la muerte, la escenificación del más allá.
Es la fragilidad del ser humano, el sentimiento del anhelo de la eternidad, la necesidad de una vida eterna, pero también la permanente exigencia de la humanidad de conocer más allá de su conocimiento, encontrar los límites, para luego traspasarlos. Durante siglos, milenios, la muerte ha sido paragón del honor, con las diferencias de cada civilización y su temporalidad: desde el sacrificio, cargada como bandera para la guerra, las apiración de la honra, le han abierto portales, le han puesto niveles, la han carricaturizado, es poesía, es música, es pensamiento.
Aparte del destino final, ilusorio o incomprendido, se ha energizado una parte del cuerpo, se le ha puesto un peso específico, 21 gramos de esperanza, ha tocado la ciencia después de la religión.
Y al final, tus muertos están donde tú quieres que estén.
Caminan en los recuerdos, en el tamaño de los legados que parten de tamaño de sus vidas, de los amores y los rencores, y casi siempre de los “hubieras”, siempre los “hubieras” que saben a impotencia, que saben a nostalgia, que radican el sentimiento de culpa. Lo que no fue, lo que quiso ser, lo que no debió ser.
Freddy Mercury, hoy tan de moda con la cercanía de los Oscares cantaba con esa bellísima voz “¿Quién quiere vivir para siempre?”, y sobre esa frase enarbola la guerra contra el olvido, que lo justifica con el destino, con la vida como un juego de ajedrez.
Y pese a ello la muerte radicaliza al ser humano, corrompe la civilización, la política la argumenta como si la evolución humana desde el raciocinio formara parte de la selección natural.
Las colonizaciones, la cruzadas, la inquisición, el holocausto. Hoy en México el crimen organizado, siempre una necesidad de colectivos formales que legalizan las ambiciones, una necesidad que desvaloriza la existencia y el fin de esta.
¿A dónde van?
Donde la memoria, colectiva o personal, los pone. Donde cada quién los pone.
“Podremos ver allí lo que creemos, no demostrado, mas por sí evidente, cual la verdad primera en que cree el hombre”, legó Dante Alighieri. _

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