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Lunes , 22.04.2019 / 12:13 Hoy

El desmenuzadero

La herencia de Colosio

Erik Vargas

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1994 es el año de la devaluación del peso mexicano en el error de diciembre, del surgimiento de EZLN y el inicio del protagonismo del subcomandante Marcos (hoy Galeano), de la selección de futbol de Miguel Mejía Barón y el hereditario ‘ya merito’ en Estados Unidos, pero sobre todo del asesinato del candidato priista Luis Donaldo Colosio que trajo al país nacimiento de la inmaculación política, del “hubiera sido”... y mira amigo que nada asegura esa bonanza del tiempo imperfecto.

Cuando lo de Lomas Taurinas, su servidor era un escuincle, pero eso no evitó que reconociera el impacto del hecho en la vida de la República de los chingones, precisamente en un año en el que parecía que ni la infancia detendría el crudo peso de la verdad de ese México disruptivo.

Adolescente y manufacturero de la mente, me sacó del limbo juvenil la nube de ideas novelísticas que surgieron día tras día sobre el caso, a cuentagotas porque no había libertad informativa del Internet ni las comiqueras redes sociales; era nuestro JFK, luz de las teorías conspiracionistas entre una desmostración de poder que modifica su orden y la del crimen del artero solitario que rigió su historia.

Aquel discurso de la “sed de hambre y justicia” es casi una metafórica hispanización premeditada del “I have a dream” de Martin Luther King, que lo elevó al paredón justiciero, referente actual en el subconsciente del discurso político, y aunque duela, de la manipulación de masas.

El magnicidio supone la revalorización de la política en la deshumanización del hombre y la mitificación del nombre en aras del sustento de una hegemonía amenazada, que también le ha convertido en un purificador que limpia, o intenta hacerlo, cualquier descabellado pasado.

A ojo lejano, también fue catarsis ciudadana, la fisura irreparable de la relación pueblo-gobierno, que sería la antesala de la transición del 2000 y obviamente desencadenada en la del 2018, porque desde Colosio se comenzó a buscar y creer al siguiente salvador.

La herencia del tijuanense es para bien del país, la parte dubitativa hacia el grupo en el poder, el que sea, como le llamen, de ahí a que la caducidad de su imagen y la retórica post Lomas Taurinas se extienda como nubarrón de temporal, sin miramientos y hasta sin colores.

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