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Viernes , 22.03.2019 / 21:38 Hoy

El desmenuzadero

La falta de autoridad en el país de las maravillas (legales)

Erik Vargas

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Hace poco veía un partido de fútbol, donde un jugador (sí, ya sabes de qué equipo y qué desearle), descargaba un cabezazo al árbitro. Casi al instante, mi padre y yo comenzamos un debate de refresco, cerveza y cacahuate, sobre cómo la autoridad en ese deporte había perdido eso, autoridad.

Y entonamos el clásico “antes…” para enaltecer las virtudes de los viejos hombres de negro (no Will Smith ni Tom L. Jones) para encarar a un jugador infractor, sobre todo, eran respetados.

Pero esto es deporte espectáculo, y robando la cita, es “lo más importante de lo menos importante”.

Pero eso de la falta de autoridad, por lo menos en el país, por lo menos en nuestro estado (Tamaulipas y su a veces gobernarcado) es una realidad que sí está dentro de lo más importante de lo más importante como sociedad y para el individuo.

Hay varios ejemplos comunes: los tránsitos. En alguna ocasión escuché gritar a una muchedumbre que habían bajado de un autobús gritarle al chofer infraccionado “dale dinero, es lo que quiere”, mientras el agente invitaba al chofi a irse “más pa’ allá” para arreglarse.

Hace poco, curioso, regresaron a 40 de 45 prospectos de agentes viales de las pruebas de control y confianza. Los curioso es la causa del rechazo, graciosísimo: tenían experiencia como agentes viales o policías.

Qué mensaje tan canijo, ¿no?

Ahora, por lo menos en la Zona Conurbada les han puesto un bozal con base en la concientización o comisiones por infracción, buscando limpiar su imagen y recuperar el respeto, aunque hay algunos a los que les vale madres. Gobiernos, necesitan espátula.

Pero en la misma vitrina están policías, políticos, el Presidente, los maestros (¿viste, amigo, el video viral que circuló hace semanas de un alumno propinando una golpiza a su maestro?) ¿Es un síntoma de contagio? ¿A dónde nos lleva una sociedad sin autoridad, sin credibilidad?

La crisis cruza el camino de un país que, como maravillas, pondera y publicita, desde su gobierno, la legalidad y sus reformas, leyes y leyes, ajustes encomillados en derechos humanos, pero que no tiene control sobre quienes ejercen tanta bonanza justiciera.

La desconfianza, el vacío de autoridad, genera el hastío, a veces violencia, a veces apatía, pero nunca abona al derecho ni a la participación, en lugares comunes, como una familia, un país disfuncional.

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