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Jueves , 21.02.2019 / 22:52 Hoy

Igitur

Volar

Erandi Cerbón Gómez

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En el amor es donde menos existe la piedad; cuenta siempre lo más pequeño: esa precisión minuciosa le otorga su ser. Nada se olvida: si uno dice quiero todo, hay que entender así: todo.
Elias Canetti

Xavier Villaurrutia prologa Aurelia, pero no cuestiona si Nerval, de haber tomado medidas drásticas (evitando sufrir por una mujer) escribiría ese libro. Baudrillard, en cambio, sí es severo (más allá del género), y afirma que con las mujeres ocurre lo mismo que con algunos acontecimientos históricos: se presentan una primera vez en nuestra vida como acontecimiento, y tienen derecho a una segunda existencia como farsa. En aras de sentencias así, nuestros vínculos, sean cuales sean, deberían exceder el límite de las eventualidades. Los nuevos comienzos tienen la capacidad de restaurar esperanzas, son claves para amortiguar rupturas anteriores; y aunque el vaivén de la literatura está sometido al caprichoso porvenir, hiere solo cuando le damos una importancia mayor que a cualquier argumento, convicción, silogismo o verdad.

Me da por recordarlo ahora, quizá para exorcizar patrones y moldes de relaciones interpersonales, porque el individuo va adaptándose, dependiendo la época, a creencias y valores. Si pudiéramos describir la vida interior de las personas amadas alcanzaríamos una cumbre. ¿Qué incita al amor? Esos momentos raros de extravío cuando trajinamos mediante lo cotidiano, entre esperas y esperas de otras esperas, buscando sincronizar azar y destino. El amor no necesariamente es una ilusión labrada por el pulso de la muerte, sino que está empujado por el ansia vertiginosa de vivir, tiene la necesidad de la cercanía del cuerpo ajeno aunque a veces prefiere guardar distancia: irreductiblemente desea ante todo descubrir y ser descubierto. Un exabrupto de la fe que, detestando la indiferencia, logra extraditarla en lugar de apaciguarla.

El amor, un tributo rendido en tantas novelas a personajes que amamos y habitan territorios que existen porque alguien los narra; lugar donde sentimos la mitológica nostalgia de lo que nunca ha sido pero que podría suceder. La ininterrumpida compañía parece entonces una quimera, no pasa por apañarse la soledad sino en traducir la realidad a un lenguaje coloquial.

Amor: palabra mañosa, pleonástica, orgánica y sin embargo redentora.

En Un soplo de vida, de Clarice Lispector, le preguntan a Ángela, su protagonista: “¿Qué es lo que tú haces?”, y ella responde: “Me ocupo de la vida”.

Nadie puede darse lujos del alma, como amar, siendo pobre de espíritu.

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