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Domingo , 21.04.2019 / 14:07 Hoy

Igitur

Uno responde como puede

Erandi Cerbón Gómez

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Simple vanidad, dirás. Sí, simple vanidad... Y sin embargo, esa dignidad es el contenido más profundo de la vida humana.
Sándor Márai

¿Qué justifica la convicción de una pureza vital? Seguramente alguien como Kierkegaard, filósofo, poeta, sociólogo y critico religioso implacable, tendría alguna respuesta explayada, pero uno en primera instancia contesta con precisión: no admitir falsedades. La retahíla del “honesto” ya se ha vuelto un paquete de frases que no integran episodios trascendentes, sino hechos aislados que en conjunto dejan de parecer verídicos. Aquel que con brío, como Rousseau, sostiene un discurso ético y por detrás lo transgrede, no es más que una enciclopedia de la cultura moral, esclavo de que otros aprueben la sinceridad del lenguaje. En términos lingüísticos, el hombre puede ser muchas cosas, pero en los reales solo una: alguien que paga tributo a diario para reconciliarse con una sociedad que constantemente está en disputa, en el mejor de los casos como el Werther de Goethe, que, a diferencia de tantos personajes, es producto de una consistencia espiritual.

Personalmente prefiero estar subyugada por visiones paradisiacas que por suplicios peligrosos y destructivos, los cuales, lejos de desenmascarar, engalanan a expertos cuya eficacia burocrática resulta indiscutible; la dialéctica de Barthes podría serles útil, puesto que obliga a engendrar formas que ella misma destruye, con la intención de recuperar una conciencia al interiorizar; un “quiasmo”, según la expresión de Merleau-Ponty. Tenemos en común la necesidad de enfrentar problemas cuando surgen, pero ¿rebelarse ante ellos con verdad o mentira, importa? Ambas formas vinculan y exigen “resolverlos”. Uno responde como puede y construye así lo que le ocurre.

Quizás por causa de todo esto, muchos textos elocuentes jamás conmueven a pesar de manifestar vivencias íntimas: no expresan con astucia lo vivido. Afortunadamente hay escritores que facilitan el menester de la lectura, ejemplos de armonía real y perfección estilística: Heidegger cuando interpreta la poesía de Hölderlin, los versos de T. S. Eliot que estudia José Emilio Pacheco, Aurelia que traduce Xavier Villaurrutia y los cuentos de Ludwig Tieck que prologa Herman Hesse. ¿Cuántas cosas podrían equipararse con la ligereza y gracilidad de este ímpetu espontáneo?

Conviene dejar de ignorar hasta dónde podemos llegar pero aplacar las ansias de salvar el mundo, evitando al menos arrojar a puñados lo que regala. Sí, un día conseguimos la aceptación de la verdad.

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