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Martes , 23.04.2019 / 09:51 Hoy

Igitur

Las acepciones de un verbo

Erandi Cerbón Gómez

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 Si para todo hay término y hay tasa
y última vez y nunca más y olvido
.
Jorge Luis Borges

Hay cualidades que por sí mismas no significan nada hasta que adquieren simbolismo o les damos importancia. Entre todas ellas, solamente algunas sobreviven la distorsión de los sentidos. Hay que buscar ejemplos con los cuales predicar, cuando atar cabos se vuelve indispensable y así poder comprender lo que en apariencia no tiene coherencia. Hay determinados tipos de lecturas que nos orientan para hacerlo, que vuelven de una señal un signo. Hay una palabra que designa cada cosa, como el infierno, pero nadie aclara cómo mitigar sus llamas. Hay eruditos engreídos y hay otros que son un modelo exacto de pulcritud semántica, de lógica impecable con humildad.

Hay quienes tienen capacidad de encontrar su origen en distintas patrias porque deciden el lugar al que pertenecer, pagando peaje. Hay temperamentos que logran sobreponerse a condiciones crueles puesto que la imaginación opera de forma compensatoria y les obsequia percibir con mayor agudeza. Hay poetas que afirman que “las únicas flores respetables nacen en el desierto”; sin embargo, hay pragmáticos que se percatan de que a una flor en el desierto se le llama espejismo. Hay circunstancias que templan el carácter, como la espera, que en ocasiones implica postergar algo que debería estar sucediendo y en otras resulta la imposibilidad de apresurar algo que está por venir. Nunca hay que dudar de lo evidente, lo que fundamenta el paso de la ficción a la realidad es el criterio.

Hay que conseguir reflejar con poca obsesión la confusión al margen de la claridad. Hay que reconocer lo que es estar bien, ampliar nuestra noción del sufrimiento y aliviarlo: “Parece un bien en sí mismo reconocer, haber ampliado nuestra noción de cuánto sufrimiento a causa de la perversidad humana hay en un mundo compartido con los demás”, señala Sontag. En nuestro aprendizaje de advertir la verdad yace la única manera de ser honestos, el epílogo revelador que permite una continuación sin ceder al inventario de mentiras.

La historia lleva al hombre hacia el aprendizaje, cuando se permite identificar lo que desemboca en ignorancia, ocupándose entonces menos de banalidades y más de obrar con conocimiento de causa. El destino es una moneda lanzada al aire, hay que aceptar la cara que caiga, sin apostar; cualquiera que lo ha intentado lo sabe. Quisiéramos correr siempre con la suerte de Juan Villoro, que le permite “tensar líneas de fuerza entre lo ajeno y lo propio, las tramas conjeturales y la escatología cotidiana”, pero hay que aceptar de repente la mala fortuna.

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