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Igitur

A Melville ‘preferiría sí leerlo’

Erandi Cerbón Gómez

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¡Ay, humanidad!, es la primera frase del cuento que considero el más entrañable en la historia de la literatura universal. Un lamento o quejido que denuncia con pocas palabras el sufrimiento, condenándonos. Herman Melville (Estados Unidos, 1819-1891) publicó “Bartleby, el escribiente” de forma anónima dando a conocer después su autoría. Hay quienes sostienen que Emerson fue la inspiración de él, sin embargo el mejor ensayo del primero no alcanza ningún texto mediocre del segundo. En tal caso, aludimos a Dickens, comparándolo con Thomas de Quincey. Solo refiriendo al estilo evitando menospreciar otro atributo.

Me sucede con este libro lo mismo que con Dublineses de James Joyce, el cual creo superior a Ulises. No podría equipararlo con Moby Dick. Ante las obligaciones y lo ineludible, poco depende de nuestro libre albedrío. Bartleby en cualquier momento se toma la libertad de evitar aquello que implica realizar algo fuera del deber, contestando que preferiría no hacerlo y esta es la única respuesta que dará a lo largo de la trama.

La traducción literal del título “The Scrivener” proviene del oficio que implica copiar, elaborar escrituras, a diferencia del escribano, que da fe de ellas; también parece correcto llamarlo “amanuense” pero la connotación habitual del término carece de popularidad. El protagonista “prefigura a Franz Kafka”: con “su cándido nihilismo contamina a sus compañeros y aun al estólido señor que narra la historia”; sí, Borges no erra con tal alusión; inaugura una tradición en torno al entramado sentimental que utilizaran varios escritores.

La dicha imperfecta también resulta magnánima. La confirmación de lo irracional del universo la proyecta Melville en cada oración; ofusca al lector sensible por la cantidad de factores que desequilibran a un sujeto vulnerable, la única conciencia, casi muda, proviene de él.

Una de las ediciones recientes y accesibles es la de Nórdica Libros traducida por María José Chuliá e ilustrada por Javier Zabala que, faltando el prólogo de un maestro, continúa conmovedora. Vivir, para Bartleby, era sencillamente el acto de mantenerse vivo: comer bizcochos de jengibre y trabajar durante horas; aunque al final ni siquiera lo necesita. Apela a nuestro lado amable que exige estrechar la mano que nos tiendan.

Bachelard comenta que Los cantos de Maldoror son el eco de un drama de la cultura, Melville sostiene aquí que basta la irracionalidad de un hombre para que todos lo sean. Bartleby demuestra una verdad irrefutable, entre tantas falsedades, fantasías o las vulgarmente llamadas mentiras. Lo dijo ya Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte que recupera de Hegel: “La historia ocurre dos veces, la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa”. Hasta que la memoria de los demás conforme la nuestra.

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