Cultura

Declinación de la especie

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Luis M. Morales
Luis M. Morales

Algunas noticias de las últimas semanas han minado la confianza del género humano en su propio futuro. Vale la pena analizarlas por separado para distinguir las calamidades evitables de los desastres que ya ocurrieron. Uno de ellos es la estrepitosa caída en el aprendizaje de matemáticas, lectura y ciencias reportada por la última prueba PISA en 91 de los países evaluados, incluyendo a los más ricos de Occidente (China, Japón y Singapur se cuecen aparte porque allá la educación es mucho más exigente). La mayor catástrofe educativa de la historia ocurrió en nuestras propias narices y ningún gobierno hizo nada por evitarla. En la niñez y la adolescencia, el cerebro humano adquiere conocimientos y desarrolla habilidades con más facilidad que en la edad adulta, pero el efecto hipnótico del teléfono celular parece haberlas atrofiado. 

La concentración está cayendo en desuso, no sólo entre las nuevas generaciones, sino en las viejas, y sin esa facultad mental nadie puede aprender nada. Ahora los pedagogos del mundo entero quieren apartar a los niños y adolescentes de las nuevas tecnologías (ahogado el niño, a tapar el pozo), pero la prohibición de sacar los celulares en clase y verlos en el recreo podría desatar una mayor adicción a la pantallita. Quizá el TikTok encandile más a los niños a partir de ahora, pues no hay mejor gancho publicitario que el encanto de lo prohibido. De nada sirve gastar billones de dólares en perseguir el tráfico de fentanilo si el ejemplo de los mayores fomenta la evasión en las redes, una droga mucho más eficaz para desmantelar cerebros.

Las máquinas no sólo están embruteciendo a los niños, sino a los propios responsables de vigilar su funcionamiento, como lo indican las recientes profecías apocalípticas de los ingenieros en computación que parecen haber perdido el control de la inteligencia artificial. Los más pesimistas auguran la destrucción de la humanidad al final de la década; otros celebran con cinismo la declinación de la especie. Dean Ball, un gurú de la cibernética recién reclutado por la compañía Open IA, anunció nuestra caída en la imbecilidad con el orgullo de Nerón al contemplar el incendio de Roma: “Estamos atravesando un eclipse del intelecto humano, el ocaso de la época en que los hombres eran los principales actores del planeta. Pronto las máquinas ocuparán ese puesto… Suena feo, pero vivir este periodo de transición entre el último estertor de la inteligencia natural y el ascenso de la superinteligencia es como presenciar la muerte de una estrella y el nacimiento de un nuevo sol”. 

En primer lugar, ningún avance tecnológico puede significar el ocaso del intelecto que lo engendró. La inteligencia artificial es una creación humana que sólo podrá independizarse si el doctor Frankestein se lo consiente. Por desgracia, el delirio de grandeza reflejado en las palabras de Ball delata una mezcla de soberbia científica y megalomanía empresarial que tal vez pueda llevarnos al Armagedón. Pero no caigamos en las trampas del fatalismo: la IA es un instrumento al servicio de una facultad intelectual exclusivamente humana, la intuición, que por fortuna goza de cabal salud. La inteligencia artificial ya razona, pero no intuye. Para eso necesita la dirección de una mente con menos capacidad que la suya para almacenar y combinar datos, pero con mejor olfato para detectar dónde puede haber un verdadero hallazgo. El hombre seguirá siendo el amo de la creación mientras mantenga bien aceitado ese atributo mágico y difícil de explicar. Si lo dejamos oxidarse por falta de uso, nos espera una invalidez muy similar a la esclavitud.

Mucha gente parece haber decidido no traer hijos a un planeta donde la educación se desploma y la tecnología amenaza con declarar obsoleta la inteligencia humana. La caída mundial en los índices de natalidad, particularmente drástica en México, refleja también un justificable horror al futuro. Procrear a cuentagotas es el signo de los tiempos y nadie puede culpar a quienes hemos ejercido ese derecho, en particular a las mujeres que deciden tener un solo hijo o ninguno. El papa Francisco reprendió desde el púlpito a las parejas infecundas que crían mascotas en lugar de hijos, pero si el fin de la raza humana llega por esa vía, quizá contribuyamos a la salvación de las almas. San Agustín deseaba que las parejas dejaran de copular para apresurar el fin de los tiempos y la entrada de los justos en la Ciudad de Dios. Un alma pura no puede temer que se acabe el mundo, un valle de lágrimas condenado a desaparecer cuando las trompetas del Juicio Final anuncien la resurrección de los cuerpos. En vez de afligir a los pontífices, la merma de la población debería entusiasmarlos. Poco a poco nos vamos acercando a la gloria eterna. 


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Enrique Serna
  • Enrique Serna
  • Escritor. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Ha publicado las novelas Señorita México, Uno soñaba que era rey, El seductor de la patria (Premio Mazatlán de Literatura), El vendedor de silencio y Lealtad al fantasma, entre otras. Publica su columna Con pelos y señales los viernes cada 15 días.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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