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Viernes , 15.02.2019 / 13:09 Hoy

Crónica

Que leer no nos faltaba

Emiliano Pérez Cruz

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La cuestión acerca de la lectura está candente. Que el pueblo bueno no lee, abarátense los libros a precio de regalo. Que ni así lo harán quienes no fueron inoculados por el virus de la lectura, porque el mal viene desde la prehistórica educación primaria, donde los maestros tampoco se chupan el dedo para pasar de una a otra página de un libro, solo por necesidad laboral.

¿Que leíamos, cuando leíamos donde escaseaba el material de lectura? Leíamos un trozo de periódico donde el carnicero envolvía los pellejos para el gato o los huesos para las sopas del perro; leíamos La Prensa, que mi apá llevaba los sábados, y Alarma! y Alerta! y las historietas que a raudales acarreaba la abuela desde Polanco —donde trabajaba como sirvienta— hasta las colonias del ex Vaso de Texcoco, donde se desparramaba ya la humanidad de los inmigrantes llegados del campo a las orillas del asfalto, detrás del Aeropuerto Internacional Benito Juárez.

Entre otros títulos leímos: Kalimán, el hombre increíble; Susy, secretos del corazón; El libro semanal; Fantomas, la amenaza elegante; Chanoc, aventuras de mar y selva; Hermelinda Linda; Vidas ejemplares; El libro de oro ilustrado; El charrito de oro; Tawa; Tarzán, el hombre mono, además de los libros de texto gratuitos que en dos o tres patadas desechábamos para ir en busca de más impresos para leer.

Cuando agotábamos la lectura del tambache acarreado por la abuela, con él enfilábamos rumbo al mercado de Maravillas, donde el Maistro tenía su puesto y elegíamos de entre su oferta: compra, venta o cambio de historietas. Si queríamos dinero, vendíamos; si no, cambiábamos o comprábamos hurgando entre la mar de publicaciones que inundaba su expendio, oloroso a papel y tinta envejecidos.

Concluidas tareas escolares y quehaceres hogareños, nos fletábamos a la lectura y hacíamos bisnes alquilando in situ nuestro tesoro: todos los lectores sentados, recargados en la pared que nos brindaba sombra, mientras devorábamos jícamas o naranjas con chile piquín y sal.

Para la primera comunión había que prepararse en casa de doña Natalia, catequista de la colonia: por las tardes y de lunes a viernes nos amodorraba con su sonsonete: Todo buen buen Cristiano/ está muy obligado/ a tener devoción,/ de todo corazón,/ por la Santa Cruz... En casa completábamos con la lectura de la Doctrina Cristiana, Curso Superior, F.T.D. (Lecciones de Historia Sagrada). Aterraba. El cielo y el infierno competían para hacerse de infames pecadores predispuestos al delito, la holganza, la gula, la fornicación, el vicio: aquello a lo cual nos apegamos gracias a dicho curso superior y sin pecado concebido, pues brindaba más placer la senda del mal sembrado de rosas, que la senda del bien sembrada con espinas; la prueba estaba en el Cristo crucificado y coronado.

Despuesito de las historietas arribaron a casa libros y más libros desechados en Polanco: Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo, Las aventuras de Tom Sawyer; Historias extraordinarias, de Édgar Allan Poe, Los bandidos de Río Frío, El fistol del diablo, Tradiciones y Leyendas de la Colonia; ¡Stendhal! con Rojo y negro y ‎La cartuja de Parma… El mal cundía y se distribuía mediante la palabra impresa, para bien de los lectores.

En la secun y el CCH los agentes del mal nos pidieron comprar títulos y más títulos que nos torcieron a ver de otro modo la realidad, muy ajena a la justicia social que los políticos de la época pregonaban, pero no cumplían. Supimos de la unión y lucha de contrarios, de las clases sociales, la desigualdad y la Revolución y el cambio social.

A la par, derivamos hacia un aderezo de lecturas malsanas que orientaran nuestra incipiente líbido: Memorias de una pulga, El amante de Lady Chatterley, Grushenska, Fanny Hill: literatura para leer con una sola mano y con la puerta del baño fuertemente atrancada, para evitar intromisiones que nos recordarán la existencia del pecado y, por ende, de la culpa.

La nómina de autores incluyó a Marx, Engels, Bakunin, Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo, y también a Freud, Lacan, Deleuze, Guattari, Foucault. Sanos no emergimos de tal coctel, pero sí acérrimos críticos contra todo lo que se nos pusiera enfrente y tuviese relación con el power. La guerrilla, que atrajo a varios de nuestros amigos adolescentes, seguro tuvo que ver con las lecturas que por nuestros rumbos germinaron.

La literatura latinoamericana de los siglos XIX; los poetas y los teóricos de la comunicación de masas en la aldea espacial y la teoría del Estado y las relaciones entre el poder político y el poder económico y la ideología dominante, también surgieron entre la lista de autores a digerir.

Si el presupuesto no alcanzaba, hubo que rescatar la lista de bibliotecas que la maestra de Investigación Documental nos orilló a elaborar, y asiduos visitantes nos volvimos de la Biblioteca Nacional (Uruguay e Isabel la Católica, imponente); la Miguel Lerdo de Tejada, en la calle de El Salvador; del Congreso de la Unión; la Benjamín Franklin, la inolvidable del Museo Nacional de Antropología, aquella enclavada en los patios del Palacio Nacional, la sorprendente Hemeroteca Nacional, donde a través de los diarios de diversas épocas supimos del túnel del tiempo y lo placentero que resultaba viajar a través de él para sorprendernos con el periodismo que luego fue Historia.

No había pretexto para soslayar las lecturas encargadas por los tícheres. Si había ganas de leer, incluso (¡horror!) podía uno robarse los libros. Pregúntenle si no a los dependientes de las librerías ubicadas en la avenida Juárez. O adquirir textos de segunda mano en librerías de viejo de la calle de Donceles, donde pasaba uno la tarde escarbando, en busca del libro perdido.

El chiste era ensimismarse entre las páginas, sorprenderse porque la vida no terminaba en el hogar, no había un pensamiento único, unidimensional… ni respuestas definitivas para tantas dudas. La lectura fue antídoto contra el óxido que amenazaba al celebro a cada momento.

* Escritor. Cronista de Neza





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