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Sábado , 20.04.2019 / 11:34 Hoy

Crónica

No colmes la paciencia

Emiliano Pérez Cruz

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Se perdona, pero no se olvida. A veces, el recuerdo se agolpa. Marisol tenía claro que lo iniciado debía concluirse. Tomó las debidas precauciones: envolvió sus manos con bolsas de plástico. Que no quede huella,/ que no y que no: que no quede huella, como en la canción de Bronco… El mal humor de David. Sus exigencias, malos modos. Abusó de la paciencia que ella le tuvo siempre, más cuando al hombre le diagnosticaron un tumor cerebral. Lo atendía, le procuraba las medicinas. Como ese martes: David pidió de comer, se quejaba de dolor de cabeza. Destilaba mal humor.

Marisol cogió el frasco del medicamento, sirvió el plato de sopa y agregó la dosis indicada por el médico: “Le daba tres gotitas, pero ahí se fue un chorro de más; bebió la cucharada, no le gustó y me arrojó el plato a los pies”.

Eso da muina. Obnubila. Para la comida, Marisol hizo agua de guanábana. Ahí vació el resto del medicamento, pues David le dijo: tengo mucha sed, antes de tomarme la cerveza quiero un vaso de agua. Harta del maltrato, pensó: ahorita aprovecho, y poquito le eché, y sí se la tomó, ni cuenta se dio del raro sabor. Pero la reacción del organismo la inquietó:

—Me asustó, porque empezó con ojos como de sapo, pienso que ya estaban caducadas las medicinas, ¿verdad?, pero me sirvieron.

Una sensación de debilidad se apoderó de David, pesaban los párpados, la fuerza le abandonaba; Marisol lo pensó en agonía:

—Pus ya y todo moribundo, se acostó y me dijo: quiero agua. Hum, me dije: valiste madre. Orita me voy a aprovechar. Le vacíe lo que sobraba en el pomo y se la tomó, ni chistó. Dije: ora sí chingaste a tu madre, me fui al patio. Dije: qué, ¿agarro el machete y le mocho la cabeza?

Pensó: la sangre brota. Salpica. Quizá la víctima oponga resistencia. La presencia de su hija en casa. Recordó: “Ahhh, el martillito que acabas de arreglar… es especial”. Le di martillazos en la cabeza, pa’ que se muriera. Dije: le doy un martillazo y se muere. ¡Pero resulta que no, tenía mucho aguante! Agarré la toalla de él mismo, lo envolví... ¡Pero yo traía bolsas, bolsas traía en mis manos, pero no hallaba con qué abrochar! Que me quito una bolsa y voy y lo agarro con mis manos… y fue donde valí madres.

Olvidó la canción: Que no quede huella,/ que no y que no. Vino el desasosiego; como si fuera telaraña, baba del diablo, lo esquivó; serenidad, acciones contundentes, no perder tiempo. El hombre resistía:

—Todavía echaba patadas y todo, pero ya no se podía mover —y tomó una bolsa de plástico—: la puse en su cabeza y lo dejé; entonces me fui, porque escuché a mi niña: despertó para orinar, ¿verdad?

Mantuvo la calma, se revisó manos, ropa, que no hubiera manchas de sangre delatoras; mesó su cabello y fue hasta donde su hija:

—Mami, ¿qué andas haciendo?

—Nada, m’hijita: anda, duérmete —indicó con suavidad Marisol, pero la niña insistió:

—Mami, ven: recuéstate aquí, conmigo.

—Sí, m’hija —respondió; se encaminó a la cama y se acostó. El desasosiego la mantuvo en vela; le inquietaba no haber confirmado la muerte de David. Si murió, qué hacer con los restos. Luego, cómo enfrentar la vida de aquí en adelante, qué responder ante preguntas incómodas. Tantas cosas qué resolver en adelante…

Además está la mente, que no deja reposar: culpa, remordimiento por no haberse contenido; choca con el recuerdo de los malos momentos que pasó con David: sus males, sus malos modos, las cervecitas que no abandonaba. Y afuera de la habitación, un cadáver. Quizá. Quizá no.

—Dije: qué voy hacer yo con el muerto, tengo que hacer algo.

A las cinco de la mañana se levantó. Evito hacer ruido, para no despertar a la niña. La desesperación amenazaba, la contuvo. Recorría con la mirada su casa, qué hago, dónde lo meto, cómo lo saco, tengo que dejar todo bien acomodado… Recordó el costal de tela de mezclilla. Sí cabe. De dónde le venía la fortaleza, aquella sensación de calma, como de lejanía. Se ve arrastrando el cuerpo inerte. Abre lo más que puede el saco, acomoda el cadáver, entran la cabeza, el tórax…

—Pero ándele: que ya lo tenía embolsado, pero no cabe. Le sobraban las patas. Dije: no, pues vienes pa’ que quepas bien. Y pues le moché las patas pa’ que cupiera.

Ocultó el costal. Al otro día, sin nadie más en casa, buscó el triciclo. Marisol constató: solo quien carga al muerto sabe lo que pesa.

—Batallé pa’ subirlo, porque estaba bien pesado; paré el triciclo y entonces ahí lo agarré, lo abracé, lo envolví en una toalla…

Arrastró el costal, lo empujó, como pudo lo subió al triciclo. Sudaba. Le escocían los ojos. El cuerpo ya despedía fuerte olor. Aún así lo sostuvo, contuvo la respiración, lo soltó sobre el vehículo, que con el peso se enderezó y arrastró el resto a su interior. Lo cubrió con la toalla y empujando se encaminó hacia las orillas de la colonia.

Un inconveniente: faltaba la tuerca de una llanta. En varias ocasiones Marisol levantó entre sus brazos el cadáver y lo usó como contrapeso para que el eje de la llanta flotara y la pusiera de nuevo. La llanta cae. Marisol alza el cuerpo. Coloca la llanta. Avanza. El suelo disparejo exige mayor empuje. Otra vez la llanta.

Decide ya no ir tan lejos, lejísimos, como si la distancia la alejara de esa pesadilla. Coge el bulto de las piernas y las arroja entre el breñal, a la orilla del camino. Delante halla otro baldío. Confirma que nadie la ve abrazar el bulto, caminar con él entre el pasto, hasta lo más tupido. Lo suelta. Desanda. Siente la congoja, inquietud. Lo descubrirán. Quizá sea un crimen no resuelto. Un recuerdo persiste: tocó el cuerpo con sus manos.

Descubrieron el cadáver. Indagaron. Dieron con Marisol. Presentación ante la prensa. La calma que la invade sorprende. Sonríe relajada. Y una respuesta: “¿Y cómo me siento ahora? Bien, bien. Hagan de cuenta que me quité gran peso de encima: la verdad. De primero, como no se sabía, la verdad me sentía pues como pollo remojado; pero ora que ya se sabe la verdad y que ya dije la verdad, pues siento que no me arrepiento. Me siento bien”. 


* Escritor. Cronista de Neza

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