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Crónica

No abunda gente como ellos

Emiliano Pérez Cruz

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Y sí: uno se desguanguila porque no cae nada de chamba. Y existe la mala costumbre de comer. Y de atender las necesidades de los chamacos. Y aportar lo que la doña pide, pues aunque separados hay que entrarle parejo para que el barco familiar flote. Volvía yo de buscar trabajo: solo pude entrarle a descargar una camionetilla cinco toneladas en la Algarín; daba vueltas y vueltas para entre otros cuatro y yo bajáramos cajas y cajas de cartón ligeritas, con playeras de algodón, y las lleváramos al taller de serigrafía para que las estamparan: de San Antonio Abad a Toribio Medina, a la corre y corre subir cuatro pisos, bajar, esperar a que la camionetilla diera vuelta y sobre la marcha o en los altos del semáforo cachar las cajas que los macheteros nos echaban y córrele una y otra vez.

Ochenta varos. Terminé con las piernas entumidas y los brazos palpitantes de dolor. Es mi cuarta transformación: de estudiante a profesionista de números contables. Luego, desempleado y enseguida divorciado, a la espera de que algo caiga, metiendo solicitudes aquí y allá. En balde la experiencia. Con esos sueldos, mejor sigo de muerto de hambre. Mientras, a chambear de lo que sea: cargador. No me afrenta, pero cómo cala, igualito que en la canción: La cruz no pesa,/ lo que cala/ son los filos,/ cariño santo,/ cariño santo…

Me invitaron a comer cuando terminamos la descarga: tacos de arroz con huevo cocido; chicharrón en salsa verde, cerdito en salsa pasilla. La gloria, qué Sanborns ni qué nada. Y la siguieron tomando chelas en la fondita. “Danos tu número de cel para, cuando caiga más chamba, estar en contacto. Camiones, tráileres pa descargar. Eres entrón, nos late”.

Cumplieron. A veces era en el Centro, otras en la Morelos, La Merced, Central de Abasto: a donde sea, voy. El hambre es canija. A cambio, el cuerpo se me fue endureciendo: qué gym ni qué la chingada; y las chelas comenzaron a gustarme más y más.

El grupo se llama Los Pitufos: oaxacos y poblanos, puro chaparro y azules que se caen de morados por el esfuerzo. Como yo. Pero fornidos a fuerza de frijoles, tacos de canasta y a veces de guisado. Le metemos fe a la chamba y ya se ponen guapos con una feriecita más y se discuten las cebadillas.

Antenoche se nos pasó la mano y, más que pedo, llegué como araña fumigada al barrio. En el paradero Pantitlán tomé el microbio; de volada quedé dormido. Ni un alma piadosa me despertó. Cuando abrí los ojos y reconocí, iba de retorno; el chofer le metía pata para alcanzar más pasaje en el paradero. No andaba lejos de mi colonia: era el único pasajero; pedí la parada y como no se detuvo del todo, salté muy sácale punta. Me fui de hocico. Lentes, celular, rebotaron en la banqueta. De pura suerte no me rajé la cabeza. Hallé los anteojos; del celular, ni sus luces. “Ai que se chingue”, dije acá, muy cabrón: como si regalaran celulares a la salida del Metro.

Llegué a la vecindad. Si fuera sábado estaría la bandita caguameando en la banqueta de la entrada. Casi medianoche y todo sereno, moreno. Llegué me tiré sobre el sofá de la gatúbela, que se espantó y luego se acurrucó en el catre. Ahí me halló uno de mis chamacos, al intentar quitarme los zapatos y taparme desperté: “¿Qué pasó, no fuiste a la escuela?”, pregunté. Sí, pero no tuve clases, respondió: necesito comprar unos cuadernos, ya mero es mediodía; te estuve marcando y me contestaste… Busca en la bolsa de mi pantalón, a ver si te alcanza, dije.

No soñé: ¡perdí el cel, mi conexión con el mundo, y sin lana, ¿y si me llaman, adónde?! “Ay, papá”, se condolía su chamaco, “¿y ahora? Deja, marco y a ver quién me contesta”. Y le contestaron al chavo, le dijeron que se veían en la Plaza y le entregarían el cel. Pegué un salto y le arrebaté el aparato. Escuché alguien con acento chaka al otro lado, un morro: “Hallamos su cel entre el pastito de la banqueta. Usté dice a qué hora nos vemos. Ya dijo: lo esperamos a las nueve de la noche, don, junto a las estuatas de los apaches, a la entrada de la Plaza”. Va, allá caigo. Pensé y le dije a mi morro: “Ya valió. Van a querer una lana”. Me devolvió lo de los cuadernos: Yo veo con quién consigo, para que no te desconectes. Chido m’hijo. Y yo, crudote. Me dio beso y se fue. Casi lloro. La culpa, la culpa.

Por la tarde calenté agua en una cubeta y me di un baño de zorrillito: nomás alcancé a quitarme lo apestoso a briago. Llegué puntual a la cita. La Plaza estaba retacada: juegos mecánicos, fuegos artificiales por el aniversario del municipio. Llevé los 100 varos de los cuadernos: Mejor denos una mentada de madre, pensé que me dirían los chakas: este fon vale de menos diez mil varos. Eso si llegaban. Bien podían rematarlo en mil pesos. Ya me chingué.

Pasó una bandita. Esos son. No eran. Pasó otra, puro chaka, concluí: estos son. Nada. Como quedamos, llevaba una revista en la mano, enrollada, para identificarme. Babeaba la rueda de la fortuna, las sillas voladoras, para bajarle a los nervios: más de la cruda que por la espera.

Me tocaron un hombro y me volví: era una pareja de chaparritos. Él y ella con mi cel en sus manos. Ella dijo mi nombre. Extendí la mano para saludar: ella puso en mis manos el fon. Él dijo: soy Uriel, revise su cel: pasamos en la noche y algo brillaba, lo recogimos; alguien se le cayó, dijo ella; a ver si lo buscan, le dije; no le pasó nada, está enterito, dijo Uriel: la mirada pura, limpia, sin malicia. Agradecí, me sentí confuso: metí mano al bolsillo, saqué los cien pesos y se los extendí a ella. N’hombre, dijo: cómo cree. Hoy por usté, mañana por nosotros, dijo él.

Se me hizo un nudo en la garganta. A qué te dedicas, alcancé a preguntar. Soy herrero y ella estudia, dijo Uriel. Entre el barullo de la feria apenas nos escuchábamos. “No dejen de ser como son”, dije y les pedí anotar mi número: Para cuando necesiten un cargador. Nos despedimos. Eché a caminar, desconcertado. ¿Casi lloro? ¡Lloré, qué chingaos! No por el fon, sino porque no abunda gente como ellos. Ni en la familia, pues. 


* Escritor. Cronista de Neza

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