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Martes , 19.02.2019 / 05:07 Hoy

Intersticios

La palabra como virus

Eduardo Rabasa

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En algún ensayo Gadamer esboza la idea de que el pensamiento es simplemente una consecuencia casi lógica de las posibilidades que ofrece el lenguaje, es decir, que lo pensado se desprende de las posibilidades lingüísticas para construirlo. Por su parte, Lacan llamó “Los nombres del padre” a una especie de ley primordial anterior al lenguaje, que posteriormente será como un sustrato invisible del orden simbólico y normativo que construimos a partir de la palabra. A mi entender, la implicación de todo esto es que parecería existir en el ser humano una especie de voluntad de poder innata que adquiere su expresión concreta a través de la palabra (leyes) y los sistemas que construye, que por más que terminen por considerarse como fines en sí mismos (casi por definición, todo sistema imperante defenderá su propia razón para existir) no dejarán de tener un carácter contingente.

Es fascinante entonces la idea postulada por Burroughs en La revolución electrónica de que “la palabra escrita fue literalmente un virus que hizo posible la palabra hablada”, y que la razón por la que no reconocemos a la palabra como un virus es que ha alcanzado un estado de “simbiosis estable” con el huésped. Acto seguido, Burroughs se pregunta si el virus de la palabra implica la paradoja de amenazar la supervivencia del organismo huésped, el ser humano, en este caso. Y es que si la palabra no viene ya de una revelación divina sino que es plenamente nuestra, Burroughs parecería tener razón en cuanto a que si el orden se estructura a partir del caos y la destrucción (del medio ambiente, por ejemplo), seríamos la única especie que se organiza sistemáticamente en contra de sus propios intereses.

Pero más allá de metáforas apocalípticas, creo que lo interesante en un momento tan crispado como el actual es apreciar cómo el virus-palabra se desmarca de las distintas ataduras del pensamiento, para adquirir una autonomía basada en la expresión pura y sus afectos. Y aún si como afirma Gadamer el pensamiento está prefigurado en el lenguaje, lo contrario no se sostiene, y el lenguaje puede entablar simplemente una relación directa con el odio, el prejuicio y la demonización del otro, sin ninguna atadura lógico-formal que lo contenga, con lo cual podríamos leer el griterío cargado de desprecio en el que transcurre buena parte de la vida pública (virtual) como la propagación exitosa de la teoría burroughsiana, donde cada invectiva cargada de ira abona otro poco a la colonización (mental) en la que parecemos empeñados en seguir inmersos.

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