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Jueves , 18.04.2019 / 12:35 Hoy

Intersticios

La cordura silenciosa

Eduardo Rabasa

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Al comienzo de El corazón es un cazador solitario, la novela clásica de Carson McCullers (publicada en 1940, cuando la autora tenía 23 años), encontramos a un par de sordomudos, John Singer y Spiros Antonapoulos, que despliegan una entrañable rutina de amistad y compañía. Aislados del mundo por su condición, comparten una habitación donde comen, beben y juegan ajedrez. Después, Antonapoulos sufre una enfermedad mental y es internado, para gran pesar de Singer. Desolado, escribe largas cartas a su amigo, quien de todos modos no sabe leer, y quizá en parte por eso mismo jamás llega a enviárselas, pero aún así no las deja de escribir para luego destruirlas.

En una de ellas, Singer describe a distintos personajes de la novela que a menudo buscan su silente compañía: “Todos son gente muy ocupada. De hecho, están tan ocupados que te costará trabajo imaginarlos. No me refiero a que trabajen día y noche, sino a que tienen tantas cosas en la cabeza que les impiden descansar (…) Y todos guardan algo que les gusta más que comer o dormir o el vino o la compañía amistosa. Por eso están siempre tan ocupados”. A pesar de permanecer callado por definición, Singer es el personaje principal de la novela, y el resto gravita en torno suyo precisamente porque su silencio lo predispone a realizar algo que parecería trivial, pero no lo es en absoluto: escuchar a los demás y procurar situarse en su punto de vista por un momento, incluso cuando le resulta ajeno o incomprensible. La fascinación que ejerce es tal que hay quienes lo siguen a la distancia con tal de tenerlo a la vista y termina por ser una presencia ubicua, incluso cuando no está físicamente presente, pues en medio de las tensiones raciales y económicas que definen la existencia del pequeño pueblo algodonero de Georgia donde se desarrolla la novela, funciona como alegoría de la mesura frente a la exaltación que impide que incluso personajes que tienen mucho en común logren en última instancia comunicarse.

En una época como la actual, definida en buena parte por el ruido incesante, por la compulsión a opinar en público y en tiempo real sobre todo lo que ocurre a nuestro alrededor, y donde la subjetividad emocional se ha entronizado al grado de bordear peligrosamente con un solipsismo que casi niega la existencia de lo que no sea uno mismo y los propios sentimientos, un personaje como el de John Singer parece extraído no de otra época, sino de otro planeta. Y resulta bastante divertido imaginar lo que le escribiría a su amigo griego si pudiera contemplar el griterío cibernético al cual se consagra cada vez una parte mayor de la existencia.

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