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Lunes , 25.03.2019 / 23:04 Hoy

Intersticios

Identidad hueca

Eduardo Rabasa

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Imaginemos a alguien convencido de que sus prejuicios raciales obedecen a una lógica inexorable. En ese caso, no habrá poder humano capaz de que los abandone. Aun así, uno pensaría que debería bastarle con relacionarse únicamente con personas a las que considera sus equivalentes, y evitar como la plaga a los objetos de su desprecio. Sin embargo, como bien sabemos, el racismo tiene un carácter más abstracto, y más allá de la incomodidad que pudiera producir cualquier tipo de equidad en el radio cercano de acción, hay una rabia y un temor de base que no tiene que ver siquiera con la vida cotidiana, sino con las más profundas fantasías acerca de cómo deberían estar estructuradas las sociedades.

Me parece que detrás del amplio espectro de miedo, cólera y otras reacciones airadas que suscita la actual oleada del movimiento de mujeres existe un mecanismo similar. Por supuesto que existe una especie de primer nivel de resistencia, en el sentido de que si las desigualdades de género se abolieran, habría innumerables prácticas que se verían transformadas de manera radical, y la virulencia con la que ciertos sectores atacan al movimiento tiene mucho que ver con el temor a perder los privilegios que entraña una posición históricamente ventajosa.

Pero existe otro nivel acaso más irracional, y por ende más difícil de combatir, donde más allá de pérdidas específicas que pudieran aparejar las transformaciones, se experimenta un horror primigenio ante la idea de que los roles de género continúen modificándose, pues la identidad (masculina) es tan frágil y dependiente del poder, que la idea resulta insoportable. A fin de cuentas, todo orden simbólico descansa sobre presupuestos tácitos que son los que se ponen en juego al momento de producirse los cambios que lo alteran sin remedio, y es obviamente una tautología afirmar que la creencia en la superioridad masculina ha sido uno de los grandes pilares sobre los que se ha edificado la sociedad patriarcal. Quizá por eso Gramsci sabía que la principal revolución debía ocurrir al nivel del pensamiento, y creo que esta cita de Renata Salecl desnuda a la perfección aquello que pretenden proteger quienes se aferran a lo indefendible: “Cuando el psicoanálisis afirma que el sujeto sufre una castración simbólica al convertirse en un ser hablante, hay que entender esa afirmación como una forma de definir el hecho de que el sujeto per se está vacío, de que no hay nada dentro de él o de ella, de que todo el poder del sujeto viene de la insignia simbólica que él o ella adopten temporariamente”.

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