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Economías del deseo

Desde que Friedrich Nietzsche anunció la muerte de Dios, no he podido dejar de sentir que lo que realmente se desplomó no fue una creencia, sino una estructura. 

No perdí una fe; perdí una orientación. Y desde entonces, todo lo que hago parece atravesado por un esfuerzo más o menos disimulado por reconstruir, de manera precaria, aquello que antes venía dado.

He empezado a sospechar que mi necesidad constante de desear a alguien, algo o alguna meta no es accidental. No es simplemente que quiera cosas, es que necesito quererlas. 

Cuando no hay un objeto claro hacia el cual dirigir mi atención, el mundo se vuelve difuso, casi irreal. 

Como si el deseo no fuera una respuesta a la falta, sino el mecanismo que evita que todo carezca de forma.

En este sentido, me reconozco en algo que Arthur Schopenhauer formuló con crudeza: el deseo nunca se satisface, solo se desplaza. Pero en mi caso, ese desplazamiento no es únicamente frustrante, es funcional. 

Necesito que ocurra. Cuando un objetivo se cumple o una aspiración se estabiliza, aparece inmediatamente la urgencia de otra. No porque la anterior fuera insuficiente, sino porque su cumplimiento amenaza con dejarme sin dirección.

Hay, además, un elemento que me incomoda admitir: no me basta con desear en abstracto, necesito que ese deseo exista en relación con otros. La competencia no es un añadido, es el marco que le da intensidad a lo que persigo. 

Cuando compito por atención, por reconocimiento o por validación, siento que lo que hago adquiere peso. Como si la presencia de un rival convirtiera mis elecciones en algo más que preferencias arbitrarias.

En esto, la intuición de René Girard me resulta difícil de ignorar: mi deseo no es tan mío como me gustaría pensar. Deseo lo que otros señalan, lo que otros legitiman. 

Y en un mundo donde no hay un criterio último que ordene los valores, esa legitimación ajena funciona como un sustituto de objetividad. No quiero solo algo; quiero que ese algo importe.

No ignoro el vacío. Sé que está ahí, como una condición de fondo que no desaparece. 

También sé que, frente a él, inventamos conceptos que apenas comprendemos, palabras que intentan nombrar lo que en el fondo permanece inasible. 

No lo hacemos por ingenuidad, sino por necesidad: porque sin esas construcciones, la existencia quedaría expuesta a su propia falta de fundamento.

Lo más problemático aparece en los intervalos. Cuando no deseo nada con suficiente fuerza, cuando no hay una meta que concentre mi atención, emerge una sensación difícil de nombrar. 

No es tristeza ni vacío en sentido emocional, sino una especie de indeterminación. 

Como si la realidad siguiera ahí, pero hubiera perdido su densidad. En esos momentos entiendo que mi deseo no es solo un impulso, sino una condición para que el mundo sea habitable.

Quizá por eso vuelvo, una y otra vez, a inventar nuevos motivos, nuevas metas en las que concentrar mi atención. No como una forma de evasión, sino como una manera de sostener una continuidad que, de otro modo, se disolvería.

Si hay algo que puedo afirmar con cierta honestidad es esto: no deseo porque el mundo tenga sentido; deseo para que lo tenga. 

Y mientras esa necesidad persista, seguiré moviéndome dentro de esta lógica, oscilando entre la lucidez que la revela y la dependencia que la sostiene.

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Eduardo Emmanuel Ramosclamont Cázares
  • Eduardo Emmanuel Ramosclamont Cázares
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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