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Viernes , 22.03.2019 / 04:12 Hoy

Crónica de Torreón

Santiago Matamoros

Dr. Sergio Antonio Corona Páez

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Como lo he descrito en mi libro “El País de La Laguna”, los tlaxcaltecas —al obedecer las voces de sus antiguos oráculos— se convirtieron en activos protagonistas de su propia historia en una continuidad histórica sin rupturas. Constituyeron el único pueblo mesoamericano que permaneció invicto antes y después de la conquista española. Por esta razón fue un pueblo orgulloso y sin complejos, muy consciente de su propio valor. Una alianza digna con el Emperador Carlos I de España y sus fuerzas españolas constituyó para ellos el punto de partida para una nueva configuración política como novohispanos. Y también para un mestizaje étnico y cultural de alcances insospechados, pero que estaban ya anunciados por sus antiguos dioses, como lo mencionan Muñoz Camargo, historiador de la Tlaxcala del siglo XVI, y un asombrado Bernal Díaz del Castillo.

No es de extrañar que adoptaran el cristianismo católico español con tanta sinceridad y fervor. Contaban con el permiso de sus viejas deidades. Desde el punto de vista tlaxcalteca, el anunciado Dios de los cristianos merecía ser adorado con sinceridad. Como el pueblo pragmático que era, y sin mirar atrás, dejaron a “Camaxtli”, su dios guerrero, por el Dios de los europeos. Esta voluntaria disposición al cambio les mereció un notable grado de autonomía y el ser considerados oficialmente como aliados de la Corona durante toda la era virreinal.

Desde el punto de vista de la historia de los mitos y de las mentalidades, españoles y tlaxcaltecas compartían una creencia común: el cielo estaba dispuesto a apoyar —y de hecho parecía apoyar— sus esfuerzos bélicos. De cuando en cuando, el taumaturgo apóstol Santiago Matamoros aparecía para combatir al lado de ambos pueblos hermanados.

Esta lectura de lo sagrado que irrumpe en lo profano, estaba ya presente desde las primeras batallas hispano-tlaxcaltecas contra los aliados de Moctezuma. Muñoz Camargo nos refiere que en la batalla de Cholula, antes de que el primer español entrara a la ciudad de México-Tenochtitlan: “Los tlaxcaltecas nuestros amigos, viéndose en el mayor aprieto de la guerra y matanza llamaban y apellidaban al Apóstol Santiago diciendo a grandes voces ¡Santiago!; y de allí les quedó que hoy en día hallándose en algún trabajo los de Tlaxcala, llaman al Señor Santiago”.

En la batalla de Otumba, los indígenas creyeron haber visto al apóstol Santiago. “En este lugar vieron los naturales visiblemente pelear uno de un caballo blanco, no le habiendo en la compañía, el cual les hacía tanta ofensa, que no podían en ninguna manera defenderse del, ni aguardalle; y ansí en memoria de este milagro, pusieron en la parte que esto pasó, una hermita del Apóstol Santiago”.

En el norte novohispano, el apóstol y santo guerrero era favorito para fungir como titular y protector de las poblaciones españolas y tlaxcaltecas. Santiago del Saltillo, San José y Santiago del Álamo (Viesca, Coahuila), Santiago de la Monclova, Santiago de Mapimí (Durango). Dondequiera que hubiese peligro de enfrentamientos con los indios belicosos, Santiago era un poderoso patrono, aliado y ayuda. Es muy significativo que su emblema fuera precisamente una cruz-espada.


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