Quejarse libera la presión en el pecho y el malestar estomacal. Es vomitar después de tantas vueltas entre injusticias, impunidad y complacencias. No importa que al final quede un mal sabor de boca, siempre es mejor que seguir con la náusea.
Uno se queja del clima, de lo cara que es la vida, del trabajo, de la falta de tiempo, de la atención médica, de las rentas, del agua sucia. Siempre hay algo de qué quejarse.
Pero no todos pueden hacerlo. Hay quienes aprenden a vivir con esa sensación en la garganta y ese dolor en la panza. Prefieren eso a pasar por la incomodidad que implica expulsar lo que se tiene dentro.
Y hay quienes pueden, pero no saben cómo. Unos abren la boca sin tener el cuidado de no ensuciarse; otros avientan todo y en vez de alivio, sienten pena.
Quejarse tampoco es para todos. Es una tarea que requiere resiliencia, esa característica que ahora se vende como una aptitud cuando en realidad es aferrarse de un hilo para no romperse.
También cobra factura. Se pierden privilegios, amigos, empleos. Cuesta la tranquilidad que da vivir en ignorancia y sumisión.
Quejarse no es la enfermedad, es el remedio al ardor interno que no se quita, que se intensifica con cada acto arbitrario y la apatía perpetua.
Y es que el que se queja incomoda, molesta, estorba. Es una piedra en el zapato que no deja andar a gusto a quienes pisan a los demás.
Pero son los que se quejan los que hacen que la rueda avance. Sin ellos, nos quedamos estancados y agachados. Presionan donde duele, señalan lo que hay que corregir, movilizan el cambio, despiertan a los somnolientos por los “nunca pasa nada”, envalentonan a los que se esconden en las esquinas por miedo a represalias, crean los movimientos que, tarde que temprano, terminan rompiendo el sistema.
Por eso no hay que dejar de quejarse. Aunque canse. Aunque parezca un esfuerzo inútil. Es ahí, en el hartazgo, donde unos encuentran el impulso para alzar la voz, y otros la desesperanza que los calla. Es entonces cuando más hay que quejarse, para patear el ladrillo en el que están parados quienes mañana pierden en poder.