En 2026 se cumplirán 20 años desde que el ex presidente de México, Felipe Calderón, tanto en su discurso político como en sus acciones, declaró la supuesta guerra al narcotráfico.
El 11 de diciembre de 2006, con el Operativo Conjunto Michoacán, inauguró su sexenio.
Ya sabemos bastante, pero no todo, de lo que ocurrió en los 20 años siguientes.
Hay textos que no buscan acompañarnos al inicio del año, sino quitarnos el piso. Ni verdugos ni víctimas, de Albert Camus, es uno de ellos. No consuela, no promete, no da abrazo. Exige.
Camus escribe después de la guerra, cuando la tentación era clara: justificar la violencia pasada en nombre de un futuro mejor.
La lógica es conocida y sigue viva, “era necesario, no había alternativa, la historia lo entenderá”.
Camus rompe ese hechizo con una frase brutal “ninguna causa vale una vida humana”. Ni la revolución, ni la patria, ni el orden, ni la seguridad.
Este texto desvela una imagen muy incómoda en el espejo, no pregunta de qué lado estás, sino qué estás dispuesto a no hacer, incluso cuando piensas que tienes razón, con tal de evitar la violencia escale.
Ahí aparece el concepto central: el límite. Sin límites, la acción política se convierte en terror; con límites, se vuelve ética.
El límite de Camus es simple y radical… no matar, no legitimar la muerte como instrumento.
Camus desarma la coartada favorita del poder y de la obediencia cotidiana “yo no decidí”. No, responde el texto, “decidir no decidir también es una decisión”.
La responsabilidad no se delega en la historia, en el partido, en la mayoría ni en la orden recibida. La historia no sufre; sufren los cuerpos.
Leído en esta efeméride bélica, Ni verdugos ni víctimas no es un texto del pasado.
Es una advertencia contra los discursos que piden paciencia mientras otros pagan el precio; contra la idea de que hay víctimas aceptables si el objetivo es lo bastante grande.
Camus no niega el conflicto; niega que el conflicto nos autorice a cruzar cualquier línea.
La pregunta que deja abierta, y que no se responde con consignas, es: ¿qué límite ético no estás dispuesto a cruzar, aunque te llamen ingenuo, tibio o traidor?
Ahí empieza, quizá, una forma más honesta de vivir… y de iniciar un año.
@davidperezglobal