Política

Puerto Vallarta: el lugar donde los cocodrilos ya no nadan

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La noche, la de Richard Burton, la de Ava Gardner, la de aquel John Huston que puso los ojos del mundo en Puerto Vallarta, ya no es la misma.

Aquella Noche de la iguana, éxito cinematográfico de 1964, tenía el rumor del mar, el susurro de la selva y el brillo escandaloso de un amor prohibido que el Vaticano mismo condenó como "vagancia erótica".

Hoy, en el mismo escenario de la paradisíaca Mismaloya, la noche la habitan los cocodrilos, que ya no nadan, pues flotan muertos.

Hay una ironía desgarradora en que la misma bahía que vio a los esposos Richard Burton y Elizabeth Taylor nadar desnudos bajo el sol, que fue testigo de cómo el cine convertía una villa de pescadores en un destino de lujo, ahora sea el escenario de una cacería de cocodrilos.

Más de una docena de cocodrilos muertos, y el único pecado de estos reptiles es haber sobrevivido donde nosotros decidimos construir.

La Semadet lo confirma: no hay sobrepoblación, hay desplazamiento. Ellos no invadieron; nosotros los desalojamos de su casa desde hace décadas, y cuando se asoman por la ventana, los ejecutamos.

La diferencia entre aquella película de 1964 y la tragedia actual es que entonces las estrellas eran humanas, y la prensa perseguía a Burton y Taylor para retratar su amor. Hoy, los reflectores se encienden sobre los cuerpos inertes de los cocodrilos, y los periodistas ya no buscan romance, sino cifras.

Once, doce, trece, y el miedo crece. Pero el miedo no justifica la ejecución. La Profepa lo ha dicho: es un delito federal. Los cocodrilos están protegidos por la NOM-059.

No aquella iguana de aquella lejana noche cinematográfica; no son un adorno del paisaje. Son los guardias silenciosos de los humedales que nos dan agua, y los estamos matando porque no aprendimos a convivir.

El problema, como aquella Noche de la iguana, no es la bestia. Es lo que la bestia refleja de nosotros.

Richard Burton interpretaba a un sacerdote alcohólico huyendo de sí mismo. Nosotros, al matar al cocodrilo, huimos de la verdad: que el territorio siempre fue de ellos, y que nuestra grandeza como sociedad no se mide en desarrollos inmobiliarios, sino en nuestra capacidad de compartir el escenario con otras especies.

Mientras, las autoridades instalan mesas de trabajo, colocan banderas rojas y moradas en playas como Boca Negra y el Río Cuale, y recuerdan que el cocodrilo americano es una especie protegida. Pero la solución no es técnica: es cultural. Es entender que el verdadero escándalo del siglo no es el amor de dos estrellas, sino nuestra indiferencia ante la vida que exterminamos.

El tiempo de la iguana pasó. Aquella noche mágica de Puerto Vallarta, la del cine y el pecado, la del deseo y la condena, se desvaneció entre el ruido de los desarrollos turísticos. Hoy, lo único que canta es el silencio de los manglares. Y en ese silencio, el eco de un cocodrilo que ya no nada es el epitafio de una convivencia que nunca supimos respetar.


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Daniela Nuño
  • Daniela Nuño
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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