En Pueblo Viejo Veracruz, frente a un pasado que todavía palpita en la historia nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo evocó no solo el legado de la Expropiación Petrolera de 1938, sino también el peso de una promesa que sigue siendo, en esencia, la misma, la soberanía energética.
Pero el país ya no es aquel de 1938. Hoy, la soberanía no se mide únicamente en barriles de petróleo, sino en una ecuación más compleja, gas natural que se importa, energías limpias que avanzan con cautela y empresas del Estado que buscan recuperar su músculo tras décadas de desgaste.
El discurso presidencial no esquiva esa realidad. Al contrario, la reconoce con una claridad poco habitual: México todavía importa el 75% del gas natural que consume. Es decir, la columna vertebral de su industria y de su generación eléctrica depende, en gran medida, de lo que ocurre más allá de sus fronteras.
Ahí está el dilema. Porque mientras se presume la reducción en la importación de gasolinas, el gas natural revela la otra cara de la moneda, la soberanía aún es incompleta.
Y sin embargo, hay una narrativa que intenta cerrar ese círculo. El llamado es claro, producir más gas, impulsar energías renovables y mantener la producción petrolera. Una especie de equilibrio entre pasado, presente y futuro. Como si el país caminara con un pie en el legado cardenista y otro en la transición energética global.
No es casual que en este escenario reaparezca el nombre de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Su incorporación como presidente de la nueva Comisión Consultiva del Petróleo no es solo técnica, es simbólica. Es el eco de una herencia política que vuelve a colocarse en el centro del debate energético.
Porque al final, más allá de cifras lo que está en juego es algo más profundo: la capacidad del Estado mexicano para decidir sobre su energía sin depender de otros.
Hoy, a 88 años de la expropiación, el país enfrenta una paradoja: celebra su independencia energética mientras reconoce sus dependencias. Fortalece a Pemex y a CFE, pero al mismo tiempo mira hacia las energías limpias como una necesidad inevitable.
Quizá ahí radica el verdadero desafío de esta nueva etapa, entender que la soberanía ya no es un acto heroico, sino un proceso constante, lleno de tensiones, decisiones y contradicciones.