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Martes , 26.03.2019 / 11:05 Hoy

Tiempos interesantes

Estados Unidos, nuevos paradigmas

César Romero

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Washington, DC. Aunque las elecciones intermedias de Estados Unidos suelen ser una especie de pelea preliminar de la batalla presidencial de cada 4 años, Donald Trump ha sabido transformar la vida política del país de los últimos dos años en una especie de circo, en cuya pista principal se lleva a cabo una especie de referéndum sobre su propia figura.

En la arena pública, en las conversaciones abiertas, en los propios medios de comunicación, la principal disyuntiva de estos comicios legislativos fue muy clara: por un lado, la opción del miedo y la xenofobia; por el otro, el creciente empoderamiento de las mujeres y el impulso a temas como la salud pública y la educación. En otras palabras, Trump sí o Trump no.

Más allá de la indiscutible capacidad del presidente Trump de montarse en la ola de la frustración y el rechazo al Establishment que recorre diversas partes del mundo desde hace poco más de una década, Estados Unidos sigue a la mitad de una profunda transformación de algunos de los paradigmas que definieron su propia identidad como un referente global de modernidad desde el fin de la última Guerra Mundial.

Nacido en 1946, Donald Trump ha logrado convertirse en la voz de un país en el que el mejor lugar para las mujeres era la cocina y/o la recámara. Más allá de sus constantes arengas contra los mexicanos, contra los musulmanes y sus constantes guiños a la extrema derecha y al club de los billioners, el personaje del peluquín anaranjado representa a un segmento crucial de votantes, the angrywhitemen. En especial los varones blancos de arriba de 60 años que se niegan a reconocer que la equidad de género es un factor central en la sociedad estadunidense del siglo XXI.

Si bien la derrota electoral de Hillary Clinton de 2016 fue consecuencia de la arrogancia de una especie de democracia monárquica promovida desde el mundillo inside The Beltway en los últimos 30 años, expresiones sociales como el #metoomovement representan el principal obstáculo para la peculiar propuesta de retroceso social que el señor Trump encabeza.

Y aunque en el cierre de las numerosas campañas locales que definieron para el Great Old Party la mayoría en el Senado, el tema principal de los candidatos republicanos fue la utilización de la caravana migrante para generar miedo ante “la inminente invasión” de “criminales y terroristas” centroamericanos; del lado demócrata, la principal bandera giró, de una u otra manera, en torno a una “agenda de mujeres”. Esto es, temas como salud y educación, tradicionalmente más cercano al electorado femenino.

Después del fiasco mediático de hace dos años —en el New York Times, Hillary tenía “más de 90 por ciento de posibilidades de ganar la presidencia” horas antes del cierre de las casillas— ganó las elecciones la narrativa que cada quien logró imponer a los ciudadanos frente a las urnas.

Lo que sí parece una apuesta segura es suponer que, más pronto que tarde, su peso en la economía y en la propia estructura social le dará al tema de la equidad de género el rol que le corresponde también en la estructura del poder político, tanto en el Congreso de este país como en la propia Casa Blanca.  



*MAESTRO EN CIENCIAS POLÍTICAS POR LA UNAM


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