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Domingo , 21.04.2019 / 05:59 Hoy

Malas compañías

Doce uvas, un atracón

Celeste Ramírez

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Como todo los años:

Caminamos sin tregua. Caminamos sin pena ni gloria. Somos insomnes de día y fantasmas nocturnos. A contra reloj, nos enviciamos y envidiamos unos a otros. No damos marcha atrás a nuestros miedos. Nos revolcamos en nuestra bilis. Y en la saliva del delirio y la queja.

Estamos inmersos en el deterioro del calendario. Y vemos pasar las horas y los días con la mueca que alcanzamos a dibujar en los labios. Saludamos entre dientes y nos acecha la miopía.

La única creencia que nos mueve es la cifra que arroja nuestro estado de cuenta bancaria. Vivimos con una fuerte dosis de desencanto: es la crisis.
Pero olvidamos esa espeluznante crisis cada diciembre. Y, esperamos corderos, enero, ese mes cuando vuelve a subir la gasolina, una y otra vez. Todo el tiempo.

Bendito sea ese mes final, el decembrino: el recuento y el reembolso de las causas privadas y públicas. El pago por los daños. Nos sobrecoge la bipolaridad de temporada: nos abraza la euforia navideña y al siguiente instante nos envuelve la nostalgia por el fin de año.

Por lo menos son treinta y un días de ausencia desmedida, de evasión. Y llega la cita anual. Y nos convertimos en bienaventurados. Se nos dan fácilmente los dones espirituales: amor, alegría, paz, paciencia, misericordia, respeto, generosidad y todas esas cosas que nos hacen buenos (o virtuosos) a los ojos del prójimo, a los ojos de los demás: fe, esperanza y caridad.

Somos por treinta y un días más etéreos que humanos. Y hasta vamos a misa de gallo para agradecer y besamos la mejilla del vecino.

Celebramos nuestras derrotas disfrazadas del triunfo por haber sobrevivido con valentía esos crueles once meses en los que no hicimos más que contar los días para la quincena.

Es diciembre nuestra catarsis anual y brindamos (y gastamos) como verdaderos cosacos. Doce uvas: un atracón.

Tan-tan-tan: suena la campaña. Y en esa noche vieja se nos anuncia la llegada de enero cuando exhaustos nos reprogramamos como computadoras para reiniciar la travesía cotidiana de sobrevivir a nuestra jungla.

Y en enero, la gasolina a tope: nos vemos en el arcén.

-Mientras tanto- ¡Felices fiestas!

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