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Viernes , 22.02.2019 / 20:58 Hoy

Carta de viaje

En el espejo de Madero y Juárez

Carlos Tello Díaz

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La semana pasada, el periódico Reforma reveló que la secretaria de Gobernación tiene un penthouse en Houston que no reportó en su declaración patrimonial. Esta semana, Reforma volvió al ataque: publicó que el secretario de Comunicaciones y Transportes omitió de su declaración patrimonial la propiedad que tiene también él en Houston, en una zona cercana a The Galleria, el centro comercial más grande de Texas, a media cuadra de la torre donde está el penthouse de la secretaria de Gobernación. Es normal que ambos funcionarios tengan estas propiedades: han trabajado toda su vida, han tenido además un buen ingreso. El problema es que no las declararon, siendo parte de un gobierno que ha insistido en dar lecciones de moral.

A nadie le gusta mostrar, al público, todo lo que tiene. Pero en este caso hay algo más. La retórica del gobierno, como la de la izquierda en general, sugiere siempre, sin decirlo, que los pobres son buenos y que los ricos son malos. Eso es falso, como lo muestran los casos de la historia del país que el propio gobierno ha convertido en sus referencias. Francisco I. Madero, por ejemplo, era rico: descendía de terratenientes blancos de Parras, Coahuila. Pero también era bueno, a diferencia de Victoriano Huerta, quien descendía de labradores indios que trabajaban en una ranchería de Colotlán, Jalisco. Huerta era pobre, pero también era malo.

Benito Juárez es quizá el personaje con el que más identificado está el gobierno de México. Es un ejemplo de austeridad. Pero su austeridad no estuvo peleada con la construcción de un patrimonio. Juárez heredó a su familia, escribe el investigador y notario Ángel Gilberto Adame, “además de su calesa personal, los bienes preciosos y el menaje, la casa número 4 del Portal de Mercaderes (ubicada al lado este de la plaza del Zócalo); la que estaba situada en el número 3 de la segunda calle de San Francisco, próxima al convento del mismo nombre; la número 18 de la calle de Tiburcio, hoy conocida como República de Uruguay, y una última ubicada en la calle del Coronel, en la ciudad de Oaxaca” (“La austeridad juarista”, El Universal, 15 de diciembre de 2018).

Juárez nunca fue criticado por sus contemporáneos por haber tenido ese patrimonio, hecho con el trabajo de toda una vida: fue presidente de su país por cerca de 15 años. Fue criticado por otra cosa. “En el seno de la familia, en su trato íntimo”, escribió Francisco Cosmes, que lo conoció y lo admiró, “era un hombre afable y bueno, capaz de sentir afectos profundos, sobre todo en materia de amistad, y de sacrificar a ellos muchas veces su propio buen nombre de gobernante, inclinando la balanza en favor de los suyos”. Cosmes aludía, con recato, al nepotismo del presidente, algo que muchos condenaban, no sin razón. Pedro Santacilia y Pedro Contreras Elizalde, sus yernos, fueron hechos diputados al Congreso de la Unión; Delfín Sánchez Ramos, otro yerno más, obtuvo un contrato para vender armas al Ministerio de Guerra; Manuel Saavedra, en fin, pretendiente de una de sus hijas más jóvenes, recibió el cargo de ministro de Gobernación. Era el nepotismo lo que los mexicanos reprochaban en Juárez. No su fortuna.

Investigador de la UNAM (Cialc)
ctello@milenio.com

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