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Miércoles , 20.02.2019 / 03:55 Hoy

Australadas

EMVIPI

Carlos Gutiérrez

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No cabe duda, nadie es infalible. Ni siquiera esa gran empresa global llamada NFL. 

La gran lección del domingo luego del fiasco en cuanto a espectacularidad de un show anunciado hasta la saciedad como el gran espectáculo, es que lo único seguro en esta vida es que no hay nada seguro. 

Nadie, ni siquiera los mercadólogos de la liga más poderosa del mundo, menos los hacedores de entretiempos, productores y músicos. 

No se diga los deportistas, los súper héroes de la vida moderna por antonomasia. Nadie se escapó a las garras de la modorra y el aburrimiento.

Y aunque se sabe que las finales, al menos en los grandes espectáculos de masas, suelen ser menos emocionantes que los partidos clasificatorios que las preceden, la de esta vez fue una jalada que pasará a la historia como el numerito más desabrido en años. 

Y es que el medio tiempo del Súper Tazón no sólo puso en evidencia que las defensivas pueden ganar campeonatos, sino que no hay nada más tedioso que un marcador poco abultado y cerrado. 

Bueno, sí, un marcador poco abultado y cerrado que antecede a un miniconcierto pasado por los influjos de una pereza sempiterna.

Uno espera que los shows musicales entre el segundo y el tercer cuarto sean, mínimo, movidones, ya no digamos colosales. 

Pero el asunto con Maroon 5 y los raperitos Travis Scott y Big Boi fue mucho más allá, pues para estar a tono con el gris espectáculo de los Patriotas y los Carneros, acabaron ofreciendo uno más triste. 

Siempre me ha gustado Maroon 5, la verdad sea dicha. Sobre todo, en canciones que no suelen ser las más celebradas. Me parece una banda de músicos sensacional, con un vocalista cuya voz es única. Por eso me emocionaba saber que tocarían en el súper domingo.

Pero algo pasó entre saberlo y el resultado. Quizá en la mente de Adam Levine y de los productores del “espectáculo” del medio tiempo el asunto se veía y escuchaba distinto. 

Y es que tantos millones no podemos estar equivocados. Menos aún cuando se esperaba el momento en que rompería la música, ese momento en que se sabe que los ánimos se encienden y la pasión es dominada por el artista en turno. 

Pero lo único que ocurrió fue el semidesnudo del cantante y la certeza de que un hombre puede despojarse de sus ropas y enseñar ambos pezones, incluso en horario estelar, pero una mujer no goza de esa libertad.

Para fortuna de los asistentes, de televidentes y de la propia NFL, el show pasó y la memoria colectiva no está, en tiempos de sobrecarga informativa, como para seguir hablando de lo mismo mucho tiempo.

Pero la lección ahí queda: la única eficacia es la que le asiste al destino. Tal vez dar a Bob Esponja el trofeo al más valioso del Super Bowl habría sido una buena idea. Y además una manera de asegurarnos un momento entretenido en esa noche. 

fulanoaustral@hotmail.com

@fulanoaustral



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