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Jueves , 25.04.2019 / 15:41 Hoy

Australadas

Comiendo por comer

Carlos Gutiérrez

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Ya en otras ocasiones se había comentado en este espacio la dificultad que existe en una ciudad como Toluca para encontrar buenos manjares, en especial relacionados con hamburguesas, carnitas y tortas de milanesa. 

Entiendo que cada paladar es un mundo y que para quienes algo resulta una exquisitez, para otros podría parecer una nimiedad. 

Y comprendo también que en ello intervienen la historia de vida, las compañías e incluso el sentimiento que priva mientras se degusta un cierto platillo. 

Pero más allá de estas y otras consideraciones me parece que el paso del tiempo ha ido debilitando la calidad de las cosas que se consumen, sin dejar de mencionar los procesos seguidos para su preparación.

Quizá peque uno de exigente (hiperlactoso, dirían algunos), pero lo cierto es que no se puede ir por la vida comiendo nada más por comer, como si nada más se tratara de quitar el hambre. 

Y es que pareciera ser que hay muchos que así lo hacen, tanto por la actitud que tienen con lo que comen, como por la poca o nula exigencia que presentan ante algo que tendría que ser, por derecho propio, todo un acontecimiento. 

No hay que perder de vista que el ser humano es el único animal capaz de transformar sus alimentos y de hacer de éstos algo digno de su calidad de ente pensante.

De ahí la preocupación de esta tragona columna. La cada vez más frecuente posibilidad de encontrarse con chiringuitos cuyo giro sea la comida y que le faltan el respeto a ella. 

Tanto por su sabor como por su presentación y ya no se diga del servicio al cliente. Alguien debería proponer que se legalice el tema y se sancione el mal servicio. Aunque de ser así es muy probable que las demandas suban al por mayor. 

Y es que son demasiados los ofertadores de servicios de alimentos que desconocen cómo hacer su negocio y, para colmo, se rodean de empleados mal pagados con una capacitación que deja mucho que desear y cuyo desinterés por cuidar el negocio del patrón es tan patético como patente.

Por eso creo que no es poca cosa levantar la voz cuando se tiene una mala experiencia en el tema culinario, exigir que el cobro esté emparejado con la calidad del producto y que se profesionalice el tema, pues, a fin de cuentas, muchas familias viven de ello y es una garantía que seguirá siendo negocio. 

El problema es que, por un lado, hay quienes se están acostumbrando a comer mal y, por el otro, quienes no saben que no saben de la industria. Creo firmemente en algo, se puede comer casi lo que sea, pero no como sea y no se puede uno dar el lujo de meterse al cuerpo cualquier cosa.

Aunque muchos tengan ya enraizada esa desagradable costumbre. Y también estoy cierto en algo (y de esto hablo con razón culinaria de sobra), la vida es corta, muy corta para comer mal. 


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