El mercado de la moda es un organismo vivo que respira al ritmo de los cambios culturales. Pocas marcas ejemplifican esto de forma tan dramática como Victoria's Secret. Lo que nació en 1977 con Roy Raymond como una solución para que los hombres compraran lencería sin sentirse juzgados, se transformó bajo la visión de Les Wexner en el mayor imperio de moda íntima del planeta. Durante décadas, la marca vendió algo más poderoso que encajes: vendió una fantasía aspiracional e inalcanzable, coronada por supermodelos con alas que paralizaban al mundo en su desfile anual.
A finales de la década de 2010, el viento cambió. El surgimiento de las demandas de diversidad corporal, inclusión y empoderamiento impactó contra el muro de la rigidez estética de la compañía. La marca tardó en reaccionar, al punto que sus directivos subestimaron la necesidad de cambio, lo que desencadenó una severa crisis de reputación y el desplome de sus ventas. La cancelación de su desfile en 2019 fue el fin de una era.
Para sobrevivir, Victoria's Secret capituló ante la ola del activismo corporativo. En un giro radical, la empresa eliminó a sus emblemáticos "Ángeles" y los reemplazó por un discurso fuertemente politizado centrado en la deconstrucción de la belleza clásica. El resultado financiero fue desastroso. El punto de máxima tensión se materializó a principios de abril de 2025, cuando la acción bursátil se hundió a mínimos históricos cercanos a los $14.87 dólares debido a pronósticos financieros decepcionantes. Wall Street envió un mensaje: el público acudía a la marca por glamour y espectáculo, no a recibir lecciones de moralidad. Esta crisis bursátil evidenció una fatiga generalizada del consumidor hacia la publicidad hiper-politizada. El público comenzó a rechazar los discursos corporativos que sacrificaban la estética y la espectacularidad en nombre de la corrección política. Fue entonces cuando la industria textil comenzó a reajustar sus velas, buscando un equilibrio intermedio que otras firmas ya estaban capitalizando con éxito.
El fenómeno reciente se ha denominado el "retorno al glamour". Marcas como American Eagle, a través de su publicidad con figuras magnéticas como la actriz Sydney Sweeney, demostraron que la sensualidad tradicional y las curvas clásicas siguen poseyendo una enorme fuerza comercial y de atracción masiva. Por otro lado, la evolución de Abercrombie & Fitch dejó una lección magistral: renovaron sus tallas y siluetas para abrazar los cuerpos reales, pero manteniendo una imagen fresca, atractiva y magnética que en ningún momento alienó a sus clientes con lecciones ideológicas.
Victoria's Secret tomó nota de este balance para orquestar una remontada histórica de casi 600% que llevó sus acciones por encima de los $88dólares en este mes de octubre. La clave no consistió en retroceder al pasado excluyente ni en insistir en el activismo simple, sino en inaugurar la era del "glamour inclusivo". El relanzamiento de sus desfiles icónicos demostró que es plenamente viable celebrar la fantasía del sex appeal, las plumas extravagantes y los altos estándares estéticos tradicionales, siempre y cuando se integre de forma orgánica la diversidad corporal y el empoderamiento femenino auténtico en la misma pasarela, como claramente vimos en el desfile de la marca con el Fantasy Bra de $50 millones de dólares que modeló Kylie Jenner. El péndulo de la moda ha encontrado su rumbo: un espacio donde conviven la aspiración de la belleza y la realidad de la inclusión sin necesidad de lecciones ideológicas.