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Jueves , 25.04.2019 / 15:37 Hoy

La letra desobediente

La Semana Santa…

Braulio Peralta

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Sucedió por estos días...Va con autorización
del seminarista, tras 22 años de acallarlo.

Monseñor se había ocupado en procurar la enseñanza para la ascensión del seminarista, al sacerdocio. Faltaba poco para llevarlo a Roma a recibir el beneplácito del Vaticano. Una noche, monseñor mandó llamar al seminarista para cenar en su casa. Cuando llegó, el seminarista observó que no había sirvienta que los atendiera y monseñor se dedicó a cerrar todas las puertas de su departamento adscrito a su capilla.

—Ven —dijo—, acompáñame a mi recámara.

Monseñor pasaba por entonces los 58 años de edad, y el seminarista ni siquiera cumplía 18. Monseñor era la institución —encarnada en ese hombre que representaba a Dios—, frente a un joven que se esmeraba en ser siervo del Señor.

Monseñor se fue quitando la sotana y la ropa interior hasta quedar desnudo, insinuante ante el seminarista. Así, le fue mostrando unas cajitas de madera; una estaba llena de fajos de billetes, de diferentes denominaciones.

—Esto es producto de las limosnas. Cada semana llevamos el dinero al banco, en una cuenta especial —le dijo.

La que más llamó la atención del seminarista fue el alhajero: joyas de oro, plata y piedras preciosas; aretes, cadenas, pulseras, collares. Y en otra cajita, monseñor sacó relojes de marca, de altos precios.

—Son donaciones que estaría dispuesto a compartir contigo —dijo—. Y agregó: Uno de estos, hoy será tuyo. Al decir eso, monseñor ya estaba acostado en su cama y colocaba el Geneve de 18 kilates en el mismísimo miembro…

El seminarista apenas alcanzó a balbucear:

—No, monseñor, no quiero nada y ya me tengo que ir...

—Piénsalo —lo acotó—. Esto y más puede ser tuyo si me acompañas en el camino. Si dices que no, todo lo perderás, te quedarás sin llegar al sacerdocio y yo me encargaré de hundirte...

Silencio, angustia, pesadez en el ambiente. El seminarista accedió... esa única vez. Monseñor comprendió. Le dijo:

—Quédate con el reloj, es todo lo que tendrás de mí. Cuidado con que andes diciendo lo que pasó por aquí, entre nosotros. Que sean los caminos de Dios los que decidan…

Culpable, el seminarista fue a su congregación a confesar el ilícito sexual, pero monseñor se había adelantado, justo, al revés. “Monseñor dice que fuiste tú quien pretendió seducirlo, que fuiste tú quien ofreció sus encantos y que fuiste tú quien robó este reloj que traes como prueba. Tu carrera está en entredicho. Sin la venia de monseñor nada podemos hacer, hijo, más que dejarte en manos de Dios…”

El seminarista, absorto, incrédulo de lo que estaba pasando. Sus estamentos religiosos, violentados...

Han pasado 22 años. Después de aquellos sucesos, el seminarista —a pesar de las trabas que tuvo que pasar por años— pudo ordenarse sacerdote, pero vivió con el dedo de aquel monseñor, sin que le dieran una iglesia para ofrecer misas. Trabaja dando clases de filosofía, de psicología; apoyando a los adictos o, antes, al principio, en oficios múltiples porque las puertas se le cerraron. No se arrepiente. Dice:

—Dios está conmigo. Con los adictos lo entendí…

Felices vacaciones.

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