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Domingo , 17.02.2019 / 02:39 Hoy

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Peña–Rivera,el matrimonio que no debió ser

Bernardo Barranco

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Cayó el telón, se acabó la farsa. Angélica Rivera anuncia su decisión para divorciarse de Enrique Peña Nieto. La sociedad mexicana ya lo sabía mientras la pareja fingía no percatarse. Fue un matrimonio que nunca debió realizarse. Imperaron los intereses políticos por posicionar a un candidato telegénico y arreglos vergonzosos con la Iglesia católica del Cardenal Norberto Rivera. La sociedad percibió desde 2008 el noviazgo del gobernador Enrique Pena y la actriz Angélica Rivera, como una relación de arreglos. Una simulación para las audiencias televisivas y la masa de votantes. El fracaso de la pareja presidencial es solo comparable al fracaso del mismo sexenio. Es el corolario de la más desastrosa aventura presidencial del Grupo Atlacomulco. Su obsesión por llegar a la presidencia se convierte en un acechante sepulturero. El estigma de Enrique Peña Nieto es el de la corrupción, impronta cancerosa, que marcó a la pareja. Hay que decirlo, Angélica Rivera no pudo con el papel de primera dama como su marido tampoco supo ser presidente. Angélica Rivera con sus reiteradas frivolidades se ganó a pulso la antipatía de villana friolenta. La pareja campeó en la futilidad y la jactancia. Al igual que Peña Nieto, Rivera fue exhibida con el bochornoso asunto de la Casa Blanca que precipitó el declive de ambos. Su aparición estelar con el mayor rating para justificar la posesión de la envilecida propiedad, fue la peor representación de su vida, un chasco de actuación que la hundió aún más. El Costo político fue alto y doloroso e impactó en la relación. La ausencia de límites y las desmedidas ambiciones vía la corrupción han significado la erosión del grupo político más poderoso del PRI en los inicios del siglo XXI. Peña y Rivera fueron el símbolo de la simulación y del aprovechamiento, del privilegio de la forma y la ausencia de contenidos, del desgaste como drama del poder de una pareja malograda. La Iglesia católica del cardenal Rivera fue exhibida como simoniaca, es decir, mercadeo de lo religioso. La indebida anulación del matrimonio religioso entre Angélica Rivera y el Güero Castro colocó a la jerarquía en deshonroso concubinato servil con el poder. También la Iglesia del entonces arzobispo de Tlalnepantla, Carlos Aguiar, se prestó para llevar a Enrique Peña Nieto, en 2009, con Benedicto XVI a formalizar una relación que canónicamente nunca debió ser. Ni ante Dios ni ante el Pueblo._

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