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Miércoles , 20.03.2019 / 21:54 Hoy

Del plato a la boca

La musa en el convento

Benjamín Ramírez

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En plena época novohispana, la sociedad pujante en la Nueva España se regía por la corona, o sea el virrey, y la iglesia, el clero. Estas dos instituciones daban la autorización para desarrollarse como individuo, sin mencionar el linaje y la solvencia económica; en este momento el pago de dotes y el respaldo moral abrían las puertas a todo tipo de crecimiento en dicha sociedad; sin embargo, en la mayoría de los casos, este sólo era permitido a los varones. El papel desarrollado por las mujeres estaba destinado al matrimonio con algún individuo o con Dios.

Para toda aquella fémina que quisiera verse alejada de la vida social, y prefiriese la reclusión y el estudio canónico, tomar los hábitos era una buena opción. Tal decisión fue, al parecer, la adoptada por la denominada décima musa, Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana nombrada más tarde como Sor Juana Inés de la Cruz. Su paso por la literatura americana la hizo acreedora al reconocimiento años más tarde, su determinación y acción por arroparse en la vida conventual le permitió el espacio necesario, en una sociedad muy rígida, para el estudio y la escritura.

Pero, imaginar a una monja fuera del quehacer de la cocina, sin que esto signifique una connotación machista o antifeminista, suena un tanto imposible, ya que la estructura monástica, cual sistema social-comunal, le exigía su apoyo en distintas áreas, entre ellas la cocina. Por otra parte, y ya repetida en numerosas ocasiones, los conventos de la época novohispana actuaron como laboratorios gastronómicos, dando paso a la fusión de ingredientes y técnicas de dos mundos, el americano y el euroasiático africano. Por lo tanto, el paso de Sor Juana por la cocina, además de irremediable era lógica para alguien que gustaba de la escritura y la entrega con los deberes que asignaban.

Cabe mencionar que el legado culinario a través de los tiempos fue heredado de manera oral, la cocina popular no era digna de ser asentada en papel, únicamente la elaborada para los monarcas, el clero o las cortes eran plasmadas en forma de lista, sin métodos de elaboración establecidos. Sin embargo, tanto en el noviciado como en la reclusión conventual, la necesidad de difundir entre todas las presentes las técnicas de elaboración junto con sus ingredientes, era por demás necesaria.

Sor Juana logró, aparentemente, dicha tarea a través de un recetario considerado como personal, el cual fuera publicado en 1979, pero que, tras análisis del papel, resultase elaborado en el siglo XVIII, un siglo después del vivido por Sor Juana. No sobrante, el paso por los quehaceres culinarios, por parte de Juana Inés de Asbaje, fue casi un hecho, dejando en tela de juicio sus habilidades natas para la cocina, y la simple inspiración de la época, en donde sabores y olores recorrían los corredores y las celdas, dando paso a la inspiración a toda alma en pena, gozo o penitencia.

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