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Miércoles , 24.04.2019 / 17:58 Hoy

Casta Diva

Fantasía y Éxtasis

Avelina Lésper

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La existencia carece de testigos, la vivimos desde nuestra experiencia que es parcial y distorsionada por nuestras emociones y frustraciones, la obra del Greco se muestra como una crónica de lo no escrito, de lo no visto, de lo que él eligió representar, lejos de los alcances del resto. La Ciudad de Toledo es un museo de sitio que se confunde entre un parque temático para turismo masivo, y el refugio del excepcional acervo de la obra de Greco. La muralla obliga a un claustro que aísla, desde lo alto de la colina es un observatorio de ese exterior del que se separa el alma, y dentro entre sus paredes, en los muros donde cuelga la obra del greco, ahí está lo más oscuro, lo que la luz de la razón ilumina. El Entierro del Conde de Orgaz más que la leyenda de un milagro es la manifestación de las miradas de la existencia, las directrices teológicas en la representación se trasforman en un significado filosófico. Iniciando está el cuerpo en la efímera condición mortal y carnal, ese cadáver que va a ser enterrado, capta la atención de los hombres, miran ese pedazo de ser en una compasión ignorante, no hay nada en él, entonces no hay qué lamentar. Mientras miran absortos el portento sucede sobre de ellos, así como en la vida, las necedades nos distraen de lo trascendental, con los movimientos del color y los trazos que hicieron de la obra del Greco una excepción en el arte, el espíritu se levanta con el vuelo de un ángel, sin peso, la luz es transportada por un ser etéreo, en una osadía estética, el Greco le da “forma” al alma como un objeto transparente alargado, y entendemos que los cuerpos en toda su obra están supeditados a esa masa volátil, no a un esqueleto. De ese prodigio, sólo se percata un religioso, el resto sigue distraído en la mortalidad del instante. En la disposición de ver está el milagro. El cielo, ese estadío al que solo se accede sin el lastre del cuerpo, es una reunión de seres metafísicos trasparentes, lo preside la Virgen acompañada del Cristo luminoso, y aunque poseen características físicas, no poseen carnalidad, ni densidad, son ideas, son palabras, dogmas, rezos, los atrae la fe en mirar. La luz del Greco en el color y los reflejos son la luz del espíritu. La pintura sacra realizó una de las búsquedas más complejas del arte: pintar la invisibilidad del espíritu, darle una forma comprensible que alimentara la necesidad de creer en algo no humano que nos acerque a lo divino y nos consuele de ser mortales. La composición con líneas que se elevan, podría separarse de lo terreno, está “despojada” de humanidad, mientras lo que resta de la carne es corrupto, lo que vive sin ella es puro y se deposita en las alturas ingrávidas. Somos eso, el cuerpo que cada día muere, y se entierra en sus males y necedades, enajenados en lo que ya no poseemos, dejando pasar eso que trascenderá nuestro dolor. La meditación, la oración son el silencio de la verbalidad, lo que se repite es para el interior, no para mantener un diálogo infructuoso con el exterior.

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