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Sábado , 23.03.2019 / 05:28 Hoy

Columna de Augusto Chacón

La cuenta de las ferias

Augusto Chacón

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Hace 41 años fui por vez primera a la Feria Municipal del Libro de Guadalajara; hace muchos ganó, para mí, el mote de feria del libro de superación personal. Aunque reconozco que de pronto puede uno dar con buenos ejemplares, de manufactura local, por ejemplo, Vikingos, sobre el grupo del barrio de San Andrés, que incluso mereció una presentación en el Colegio de México. Algún año en los noventa creció, o se expandió a la plaza de los Laureles, frente a Catedral. Recuerdo los reconocimientos a Jorge Esquinca y Ricardo Castillo, en ediciones diferentes; recuerdo a otros poetas: a Raúl Aceves, algún año habló de literatura en lenguas indígenas y a Raúl Bañuelos, con Juan Palomar, que hicieron un recuento, breve, de versos sobre Guadalajara.

Recuerdos sin precisión documental, las ferias son estimulantes de amplio espectro, encantadoras, y la Municipal del Libro de Guadalajara lo es sobre todo por detalles que la FIL, por ejemplo, jamás igualará: sucede en el mero centro de la Perla de Occidente y es abierta; la memoria de lo que en ella sucede va siempre acompañada por la luz del sol tapatío en conversación acalorada con la cantera y los azulejos de los edificios en el ombligo urbano, por los sonidos y los olores del Centro, y por la variedad de personas que premeditadamente, o nomás porque andan por ahí, se asoman a los libros, y sin necesidad de gafete, porque el Centro es aún propiedad social. La Feria posee un rasgo que es agradable y simultáneamente desagradable: los libros que en más cantidad se exhiben traen a tiempo presente una Guadalajara que el resto del año suponemos ya no existe y que, sin embargo, se instala, concreta y viva, en los portales del palacio municipal: Feria para ver cómo éramos y suspirar: ciudad de pocas librerías y éstas parcas en títulos; sí, quizá como ahora, pero antes más. Desagradable que las lecturas que se ofrecen muestran lo que los mercaderes del libro creen saber sobre nosotros.

Ayer, Juan José Doñán, escritor y cronista mayor de lo tapatío, dijo en Radio Metrópoli: “Por lo que hace al Ayuntamiento tapatío, el menosprecio a su propia feria ha sido algo más que evidente, empezando por el aspecto presupuestal, pues mientras entrega anualmente más de dos millones de pesos a la FIL (una feria que organizan otros, específicamente la Universidad de Guadalajara), a la suya, la Feria Municipal del Libro, le destinan una miseria.” Dio la cifra: 350 mil pesos. “Otra tara de la Feria Municipal del Libro achacable a las autoridades tapatías es la pobreza que suele tener el pretendido programa cultural, paralelo a la expo-venta editorial. Esas actividades presuntamente culturales suelen coquetear entre la precariedad y el desatino. Así, por ejemplo, en este año en que se celebra el centenario del más grande narrador mexicano de todos los tiempos (el jalisciense Juan Rulfo, quien no sólo se formó en Guadalajara, sino que pasó buena parte de su vida en esta ciudad, desde donde debutó como escritor en el año de 1945) se dejó pasar la inmejorable ocasión de dedicársela al autor de Pedro Páramo (…).” Coincidir con Doñán no es difícil, argumenta con información ante la que toma postura y la cuenta con talento.

Como los libreros que en mayoría se presentan en los portales del palacio municipal, lo que el ayuntamiento consigue a través de su Feria es sugerir cómo nos concibe y de paso se instala en la vitrina: este año la omisión Rulfo es de una elocuencia que abochorna. Pero al final es mera anécdota; de este lado sabemos qué somos, como sociedad y de uno en uno; si nos concentráramos en la manera en que los gobernantes se describen al delinearnos con sus actos, no habría los magníficos libros que en efecto hay, Rulfo no habría creado su obra portentosa y el Centro no cautivaría como todavía lo hace. Sí, el Palacio Municipal gana con su holán de puestos en los que se ofrecen libros, seguramente cualquiera encontrará alguno que le vendrá bien.

agustino20@gmail.com

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