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La IA y el futuro de la educación

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En la conversación pública existe una preocupación legítima sobre el uso de la inteligencia artificial en la educación. Una niña puede pedirle a ChatGPT que resuelva una ecuación o escriba un cuento en segundos. Un adolescente puede usar Claude para resumir un libro o elaborar un ensayo sin redactar más que una línea. Si la IA hace el trabajo por las y los niños, dejarán de pensar por sí mismos, perderán capacidad crítica y terminarán atrofiando las competencias que sostienen su autonomía.

Ante tal escenario, el momento exige un cambio de paradigma. No se trata de educar al margen de la IA, sino de aprender a utilizarla para fortalecer esas capacidades. La evidencia reciente muestra que la IA también puede ayudar a pensar mejor, estimular la creatividad, afinar el razonamiento y desarrollar el juicio crítico. Tres ejemplos lo ilustran.

Safinah Ali, profesora de la Universidad de Nueva York, estudia cómo la IA puede estimular la creatividad, la imaginación y la curiosidad infantil. En experimentos con niñas y niños de cinco a diez años, un robot social les planteaba retos, formulaba preguntas y sugería posibilidades mientras realizaban actividades con palabras, imágenes y construcciones. No hacía la tarea por ellos; los empujaba a explorar. Los resultados mostraron mayores niveles de creatividad tras interactuar con la tecnología.

Algo semejante ocurre en matemáticas. Un estudio con casi mil estudiantes de secundaria comparó distintas formas de usar una herramienta parecida a ChatGPT. Quienes recibían respuestas directas mejoraron mientras la usaban, pero tuvieron un menor rendimiento al resolver las cuestiones solos. En cambio, una versión diseñada para ofrecer pistas y guiar el razonamiento permitió mejorar durante la práctica sin perjudicar después el desempeño independiente.

Un tercer ejemplo son los llamados AI companions, que pueden brindar orientación y tutoría personalizada mediante pistas, preguntas y nuevas estrategias cuando un estudiante enfrenta una dificultad. Funcionan como un andamiaje que no piensa por las niñas y niños, sino que les ayuda a avanzar, fortalece su razonamiento y puede adaptarse a distintas necesidades de aprendizaje.

Los tres ejemplos revelan algo fundamental sobre el desarrollo cognitivo. Las capacidades se fortalecen cuando las y los niños intentan resolver un problema, se equivocan, reciben orientación y vuelven a intentarlo hasta poder hacerlo por sí mismos. La clave no está en la tecnología, sino en cómo la usamos. Cuando la IA sustituye el esfuerzo, empobrece el aprendizaje; cuando acompaña y estimula el razonamiento, puede ampliar capacidades y abrir nuevas posibilidades educativas.

Esto tiene además una dimensión de igualdad. La educación de calidad no puede depender de que una familia pueda pagar tutorías. Si estas herramientas explican un mismo tema de distintas formas, se detienen cuando un estudiante lo necesita o profundizan cuando ya lo comprendió, pueden democratizar una atención más personalizada y ampliar oportunidades antes reservadas a quienes tienen mayores recursos.

Nada de esto implica sustituir a las y los maestros. La evidencia es reciente y existen riesgos de dependencia, sesgos, errores y pérdida de privacidad. Hay aprendizajes que requieren práctica y esfuerzo propio. Ninguna máquina reemplaza a una maestra o un maestro que inspira, exige y acompaña.

Precisamente por ello, incorporar estas herramientas a la educación exige mucho más que implementar aplicaciones. Supone diseñarlas para que no premien el atajo, sino la curiosidad, y enseñar a niñas y niños a verificar información, reconocer sesgos, proteger sus datos y comprender sus implicaciones éticas. También implica fortalecer las competencias digitales de quienes han acompañado siempre el aprendizaje: madres, padres y docentes.

Frente a esta transformación, la respuesta no puede ser excluir la inteligencia artificial de la educación. Las nuevas generaciones ya viven rodeadas de estas herramientas. El desafío consiste en poner la tecnología al servicio de sus capacidades. No para sustituir el aprendizaje, sino para acompañarlo; no para entregar respuestas, sino para despertar preguntas y formar criterio propio.

Una educación democrática debe formar personas capaces de pensar y decidir por sí mismas. Si estas herramientas se diseñan e implementan con transparencia, responsabilidad y respeto a los derechos humanos, pueden convertirse en instrumentos de justicia educativa. No se trata de educar para depender de la IA, sino de ampliar las capacidades para vivir con libertad.


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Arturo Zaldívar
  • Arturo Zaldívar
  • Coordinador General de Política y Gobierno de la Presidencia de México. Ministro en retiro y expresidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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