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Miércoles , 20.02.2019 / 10:04 Hoy

Analecta de las horas

Tiempo de disparates

Ariel González Jiménez

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Al ser el lenguaje algo vivo y en constante cambio, nadie puede poner en duda que precisa de cuidados permanentes. Es decir, contra lo que piensan quienes creen que la flexibilidad de la lengua es sinónimo de relajamiento extremo de las reglas que la ordenan, quizás hoy más que nunca su condición mutable es justamente la que exige que se observen más sus normas y que se atiendan con mayor rigor las diversas disposiciones que la estructuran en su ortografía, gramática y sintaxis.

Los puristas de la Real Academia Española de la Lengua han terminado por admitir que la pluralidad idiomática merece, por lo menos, la misma pluralidad institucional que hoy se refleja en la existencia de las diversas academias nacionales en Hispanoamérica, con lo que se salvan innumerables obstáculos, discusiones y, ante todo, se pone una barrera a la falaz pretensión de uniformar el uso del español.

Pero como digo, toda esa flexibilidad y pluralidad requiere de ojos avizores y críticos que velen por el uso correcto del lenguaje. Y en ese terreno nunca está de más la labor de quienes se ocupan de prevenir y corregir los incontables dislates del habla diaria y las no menos numerosas tropelías que se producen con el lenguaje escrito.

Esta tarea suele no ser bien vista por ese sector que siente que su desempeño profesional le brinda una patente de corso o, para decirlo coloquialmente, una especie de charola para usar la lengua como les venga en gana. La charola, ya se sabe, es en México esa placa que identifica a la gente del poder, político o judicial, y por supuesto (aunque mucho menos en los últimos tiempos) también al mal llamado "cuarto poder": la prensa. Los que charolean con el uso del lenguaje son ahora mismo muchos universitarios, expertos, personajes superespecializados (esos que Ortega y Gasset llamaba "nuevos bárbaros"), y desde luego no pocos escritores, reporteros, locutores y editores que se sienten blindados contra toda incorrección porque se suponen infalibles.

Y desde luego, en la casa del jabonero todos podemos resbalar. Quien esté libre de errata, que tire la primera letra. El gazapo, el lapsus linguae y más comúnmente la pendejada, nos persigue a los que trabajamos con el idioma cotidianamente para dar a conocer información o nuestras propias opiniones. Incluso en el campo literario son muchos los que tropiezan con construcciones absurdas y verdaderos atentados contra la sintaxis más elemental.

Por eso son tan útiles —y tan echados en falta— autores como Raúl Prieto, mejor conocido como Nikito Nipongo, quien hacía de todas las tonterías dichas o escritas la ácida sustancia de su divertida y edificante columna Perlas japonesas. Nadie escapaba a su demoledora crítica, aunque no faltaban los que querían charolear como intelectuales e intentaban escabullírsele.

Eso en México, pero en España por años gozaron del talento implacable y la sabiduría filológica de Fernando Lázaro Carreter, quien con su columna El dardo en la palabra ilustraba a cuantos se dejaran sobre el uso inadecuado de montones de palabras o expresiones absurdas. Ahora, para fortuna de los lectores españoles (y de acá también, por supuesto, si lo siguen), Álex Grijelmo prosigue con esta tarea, sobre todo al tener como blanco el trabajo de los comunicadores y al revisar tendencias que más valdría observar.

Pero siempre hacen falta más autores que nos alerten sobre las atrocidades que podemos cometer con el español. Muchos más. Por eso resulta muy recomendable leer el nuevo libro de Juan Domingo Argüelles, El libro de los disparates. 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016). Es un volumen ameno, bien pensado y muy ilustrativo de cómo se destroza a diario ese legado cultural por excelencia que representa nuestra lengua. Todo un acierto en estos tiempos de tanto disparate.

ariel2001@prodigy.net.mx

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